X Conferencia de las Partes sobre Cambio Climático en Buenos Aires

El cielo, a punto de encenderse

 

Eduardo Gudynas

 

El lunes 6 de diciembre comienza en Buenos Aires (Argentina), la décima conferencia de los países miembros de la Convención Marco sobre Cambio Climático. Se calcula que unas 6 mil personas convergerán en esa ciudad para debatir sobre las evidentes alteraciones en el clima planetario, las medidas urgentes que son necesarias para revertirlo y las opciones energéticas que deben ensayarse en el futuro próximo.

Este décimo encuentro tiene lugar bajo circunstancias muy particulares, tanto a nivel global como en el caso específico de América Latina. La evidencia científica sobre el aumento de la temperatura promedio del planeta a estas alturas es irrebatible, y la causa principal son acciones humanas diversas que generan gases con un "efecto invernadero" que altera el clima global.

Muchos considerarán que en la coyuntura actual no se debe insistir con un "tema ambiental" ya que las urgencias giran alrededor de nuevos temas como el militarismo, el unilateralismo de Estados Unidos o la guerra en el Medio Oriente. En América Latina hay otros que insisten que la prioridad es la pobreza o la deuda externa, y por lo tanto las cuestiones ambientales son un lujo que deben esperar para después.

Si se observa con atención se verá que es evidente que el movimiento ambientalista es consciente de problemas como la seguridad mundial y la crisis de la pobreza en América Latina. Pero también afirma que el cambio climático es uno de los problemas críticos que nos toca vivir en la actualidad; es más: alerta de que si no se toman medidas concretas, algunas cuestiones actuales, como el hambre, seguramente se agravarán en muchos sitios.

El llamado "efecto invernadero" se debe a la acumulación de gases que incrementan la retención de radiación en la atmósfera y por lo tanto elevan la temperatura media del planeta. Entre los principales gases que originan ese efecto se destacan el monóxido y dióxido de carbono, que provienen de la quema de hidrocarburos desde fuentes diversas como automóviles o fábricas. También ha aumentado la participación de las emisiones debidas a incendios forestales y otros cambios en los usos de la tierra, que generan, en especial, metano.

El aumento de la temperatura ya es evidente en nuestro continente. Por ejemplo se reducen los hielos continentales en los Andes de Sudamérica, tanto en las regiones australes de Chile y Argentina como en glaciares de las alturas andinas de Bolivia, Perú y Colombia. Sin embargo, el "efecto invernadero" no se debe interpretar simplemente como un aumento de la temperatura o veranos más calurosos; el proceso también desencadena que sean más frecuentes los acontecimientos extremos como sequías o inundaciones, y simultáneamente, en algunas áreas aumentarán las lluvias mientras otras se desertificarán.

La conferencia de Buenos Aires afronta por lo tanto un desafío enorme para reducir las emisiones de esos gases, promover medidas para mitigar los efectos negativos que ya estamos sufriendo y buscar alternativas energéticas más limpias. Muchas discusiones girarán alrededor de la inminente puesta en marcha de uno de los instrumentos clave de la Convención, el "Protocolo de Kioto". Arrastrándose su aprobación por años, la adhesión de Rusia ha determinado que el Protocolo entre en vigor en febrero de 2005 y establezca metas obligatorias en la reducción de las emisiones. Desde el punto de vista de la comunidad científica y ambientalista, esas reducciones constituyen medidas todavía insuficientes, pero por lo menos representan los primeros pasos en acciones concretas para no profundizar el camino.

En esos y otros temas el oponente principal es Estados Unidos, que es el primer contaminador global, con aproximadamente el 25% de las emisiones de gases con efecto invernadero. Desde hace años, EEUU rechaza las medidas de reducción propuestas por el Protocolo de Kioto y ha llegado incluso a cuestionar la evidencia del cambio climático. La razón que se invoca una y otra vez es la necesidad de mantener la economía -suponiendo que una reconversión energética implicaría pérdidas millonarias-, y la situación se ha agravado todavía más con la administración Bush y la fuerte influencia de las empresas petroleras.

La postura de Estados Unidos es tan negativa que toda la escala de debate se distorsiona de tal manera que otras posiciones aparecen como moderadas. Se genera así un debate internacional que rodea los temas de fondo y se entretiene con medidas convencionales (como la compra de bosques en el sur para fijar el carbono que se sigue emitiendo en el norte) mientras se siguen acumulando los gases de efecto invernadero.

Los gobiernos de América Latina no parecen comprender la gravedad del problema. Apelan a la excusa de la pobreza para repetir, o al menos intentar repetir, estrategias energéticas que son ineficientes y contaminantes, mientras que también usan idéntica razón para justificar tímidas medidas ambientales. Pero nuestros gobiernos no pueden continuar midiendo sus acciones a partir de las posturas de Estados Unidos; no basta decir que sus posiciones son mejores que las de Washington: es necesario iniciar nuevas estrategias que reviertan significativamente la emisión de los gases invernadero, y en especial ensayen opciones alternativas que permitan continuar con los programas de desarrollo a través de otras fuentes de energía.

No es asunto menor que la sede de la conferencia sea Buenos Aires; Argentina acaba de pasar por una fuerte crisis energética en el pasado invierno, que rápidamente arrastró a los vecinos Chile y Uruguay, con fuertes impactos económicos. Esos y otros ejemplos dejan en evidencia que, en realidad, luchar contra el cambio climático y buscar otras opciones energéticas no sólo es coherente con el desarrollo, sino que también es un deber para proteger nuestro entorno. Ese camino requiere crear estrategias regionales de coordinación energética, que diversifiquen las fuentes y mejoren la eficacia.

Mientras todo esto se discute en Buenos Aires, el efecto invernadero sigue su marcha, y en muchos casos los efectos son acumulativos. Nuestros cielos están a punto de encenderse, y para evitarlo es necesario pasar a medidas concretas de acción. Ya no se puede esperar por lo que hagan otros países. Es necesario que América Latina comience a diseñar su propia estrategia regional.

E. Gudynas es investigador en el Centro Latino Americano de Ecología Social (CLAES). Publicado el 6 de diciembre de 2004. Se permite la reproducción del artículo siempre que se cite la fuente.

 
 

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