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El gobierno busca una
salida por la vía del consenso - Por Carlos Morales Peña
Diálogo e inversión en tecnología “limpia” son parte de la estrategia del
Gobierno para intentar resolver el conflicto desatado entre los ingenios
mineros de Potosí y los campesinos de Chuquisaca y Tarija, por la
contaminación del río Pilcomayo.
Así lo adelantó el viceministro interino de Medio Ambiente, Jorge Mariaca,
quien destacó la voluntad de la actual administración para encontrar una
solución concertada al problema del Pilcomayo.
El funcionario señaló que la mitigación de los contaminantes en la cuenca
del Pilcomayo es una responsabilidad compartida de las autoridades
nacionales, del Congreso, de las prefecturas y de los municipios
involucrados y aseguró que se están buscando las alternativas más
racionales para solucionar el problema.
Mariaca precisó que la contaminación del Pilcomayo, incluso, tiene
relevancia en el contexto internacional debido a que es una “cuenca
compartida” con Argentina y Paraguay, países que también están expresando
su preocupación por lo que pasa aguas arriba con el depósito de restos
minerales que están afectando gravemente el agua y las poblaciones de
peces del cual viven miles de comunidades indígenas y campesinas.
“Estamos trabajando en resguardar la salud y la productividad de las áreas
por donde circulan estas aguas”, afirmó.
Al ser consultado sobre los intereses contrapuestos que están en juego
respecto de la contaminación del Pilcomayo —mineros por un lado y
campesinos por el otro—, Mariaca reconoció que “es un dilema porque son
dos sectores de la población con demandas legítimas cada uno”.
“No se trata de un conflicto entre ricos y pobres. Hay que buscar una
fórmula en la cual todos puedan salir ganando. Para esto se necesita
invertir en infraestructura y tecnologías limpias que permitan modificar
la actual situación en forma sustancial”, explicó el Viceministro.
“Hay que hacer los diques de colas y llevar a cabo estudios científicos
para identificar las principales fuentes de contaminación. Además, hay que
implementar medidas muy concretas para resolver el conflicto”, dijo
Mariaca.
El funcionario destacó que los ingenios mineros potosinos no están en
condiciones de afrontar dichas inversiones, por lo que el Gobierno se ha
puesto en marcha para obtener créditos de la cooperación internacional que
puedan financiar esta modificación en la forma cómo se producen los
minerales en la zona.
Mariaca adelantó que la cooperación internacional ha garantizado la
provisión de recursos para este cometido, aunque no precisó a cuánto
ascenderían dichos créditos internacionales.
“La estrategia del Gobierno es buscar un consenso para tratar de encontrar
una alternativa mediante el diálogo. No vamos a trabajar con un único
sector, sino articulando las posiciones que tienen los diversos actores
involucrados y afectados por el problema”, puntualizó.
Con relación a la veda total de actividades en la cuenca del Pilcomayo,
Mariaca indicó que “es una opción pero no la única. Pienso que no se trata
solamente de impedir y detener la producción. Sino ver qué otras
alternativas hay para avanzar sin afectar la producción de una región”.
En este marco, afirmó que el dique de colas es una salida. “Pero también
la inversión en tecnologías limpias para los ingenios mineros, tal como
ocurre en otros países del mundo. Hay que cambiar tecnologías y utilizar
prácticas que puedan mejorar la calidad del agua”, sostuvo.
Impulsan una veda que dure
tres años
Ante la tragedia ecológica, prohibir la pesca comercial es la propuesta
más fuerte que las autoridades pretenden aplicar. Han surgido voces en
contra, temen que haya un impacto económico desfavorable.
Sin embargo, el remedio que puede devolver los peces al Pilcomayo es la
manzana de la discordia entre el pueblo indígena wennhayek y las
autoridades que han propuesto la receta.
La Subprefectura de Yacuiba está por declarar una veda de tres años para
impedir que se explote el sábalo y de esa manera esta especie pueda
procrear libremente hasta alcanzar una cantidad considerable para la
actividad pesquera.
Algo de eso ha escuchado Ruperto Villa, un aborigen que el martes caminaba
por la orilla del Pilcomayo y que dijo que su pueblo está preocupado
porque históricamente han vivido de la pesca.
Empero, Carlos Castro, del departamento de Recursos Naturales de la
Subprefectura de Yacuiba, aclara que la prohibición sólo será para los
pescadores comerciales y no así para los wennhayek porque ellos han hecho
del sábalo un alimento de subsistencia.
Pero los wennhayek no sólo utilizan los pescados para alimentarse, aclara
Joaquín Delgado, que aprendió a pescar desde los cinco años cuando su
padre tenía la fuerza de un toro, según cuenta. “Los sábalos son la
principal fuente de generación económica”, dice con una voz de gato ronco
atacado por el frío que llegó la pasada semana cabalgando en caballos de
viento desde Argentina.
Delgado detalla su preocupación: “Nosotros no sólo utilizamos el sábalo
para alimentarnos, porque si fuera así ya nos hubiéramos empachado (se ríe
y sus ojitos se achinan)”. Luego aclara que la abundancia de peces les ha
enseñado a comercializarlos y sacar jugosas ganancias.
Mario Gareca recuerda que en los mejores momentos la pesca les generaba
una renta de mil bolivianos al día. “Esa plata la repartíamos entre las 30
personas que trabajábamos en las redadas”, explica y se queda mirando el
río como si fuera la última vez.
En todo caso, Castro dijo que la decisión será debatida este mes y será el
Ministerio de Desarrollo Sostenible, previo informe de los técnicos de
Villamontes, Yacuiba y Tarija, el que tomará una decisión definitiva.
El Viceministerio del Medio Ambiente también está estudiando la forma de
devolverle la vida a la cuenca del río Pilcomayo sin afectar la producción
piscícola de la zona.
La versión de una posible veda que dure varios años ha llegado hasta los
oídos de doña Paulina Rocha, habitante antigua de Villamontes que solventa
su economía gracias a la venta de abarrotes que puso en su casa después de
la muerte de su marido.
La mujer afirma que este año ha perdido plata porque en abril se
aprovisionó de varias latas de alcohol, bolsas de azúcar, coca y otros
productos que religiosamente son demandados por los pescadores cuando la
actividad entra en su apogeo (mayo, junio y julio). “Me he quedado con
gran parte de la mercadería porque no he tenido compradores”, lamenta y se
queda pensando qué hacer para el futuro.
Es posible salvar el
Pilcomayo
Por Fernando Calderón
Primero hay que medir la falta de oxigenación de las aguas fruto de la
contaminación minera. También hay que ver qué otros contaminantes están
dañando el Pilcomayo.
Una vez que se tengan esos datos se debe tomar una decisión inmediata para
ejecutar acciones concretas para salvar este recurso natural del cual
dependen muchas personas. La veda que se pretende dictar (de tres años)
puede que dé resultado porque hará que la población de peces aumente y sea
capaz de sostener los ciclos de pescas. Pero eso no será suficiente, es
necesario que haya un manejo sostenible de esta actividad.
Es posible salvar el Pilcomayo. Para eso también hay que hacer una
inventariación de los tipos de peces que aún viven y en qué estado de
desarrollo se encuentran.
Pero no es un trabajo solitario el que tiene que ejecutar Bolivia. Existen
convenios internacionales a los que se puede apelar para que junto con
Paraguay y Argentina se pueda hacer una acción sostenida. Las obras de
riego que se estarían realizando en la zona de influencia hacen descender
el nivel de las aguas y por eso es que hay mayor concentración de
contaminantes y un menor nivel de oxígeno y de los nutrientes que son
vitales para la vida de los peces.
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Emergencia. El
sábalo ha desaparecido este año en el Pilcomayo. Una comunidad indígena
sufre. La catástrofe ecológica fue advertida pero comprendida muy tarde.
El río Pilcomayo agoniza y el peor síntoma de su enfermedad es la
desaparición de sus peces que —ancestralmente— alimentaron a los wennhayek
y que motivaban la avalancha de gente, de todas partes de Bolivia, que
llegaba hasta Villamontes atraída por la fama consagrada del sábalo.
Mientras tanto, el Gobierno apuesta al
diálogo entre los sectores involucrados para evitar un conflicto explosivo entre
mineros, campesinos e indígenas ubicados en los departamentos de Potosí,
Chuquisaca y Tarija. El problema es internacional debido a que también involucra
—además de Bolivia— a Argentina y Paraguay.
Este año los peces que engordan en
territorio paraguayo y argentino no han emigrado hacia Bolivia como lo hicieron
hasta el año pasado; los pescadores se quedaron tristes, sentaditos a la orilla
del río con sus redes listas, esperando a que los animalitos revolotearan por el
aire avisando que ya habían llegado.
La pesca en el Pilcomayo fue casi nula
este año. Más de 2.000 aborígenes padecen los efectos de una tragedia
anticipada. Bolivia, Paraguay y Argentina han sido los propios verdugos de la
riqueza piscícola. El Deber acudió al lugar donde nace el Pilcomayo (en Potosí)
y terminó caminando por las playas donde los afectados lamentan la catástrofe.
¿Por qué el río que es compartido por
tres países está pidiendo auxilio? A lo largo del viaje se consiguieron
respuestas que explican los motivos y muestran los descuidos de gobiernos que no
reaccionaron ante las voces de alarma que dieron desde hace más de una década
diferentes instituciones de Bolivia y del exterior.
Sábalo en extinción
Martha Sánchez está desesperada.
Entronada en un sillón de otras generaciones, la vieja wennhayek que —por
cuestiones del destino— tiene el mismo nombre de la cantante rubia que nació en
el país que “conquistó” América en 1492, soporta la brisa helada del Pilcomayo
machacando un bejuco para elaborar carteras. Es lo único que puede hacer para
sobrevivir porque los más sabios le han advertido de que el río seguirá
negándole los peces que llegaban a tropel en épocas pasadas.
“Decían que vienen, que ya vienen, pero
los peces nunca llegaron. Nos quedamos con las redes preparadas y con mucha
hambre”, se queja y luego guarda un silencio amable difícil de ignorar.
La Prefectura de Tarija tiene datos
científicos que confirman que este año el Pilcomayo no ha sido magnánimo con los
wennhayek ni con la larga lista de gente que vive de la pesca: en 1986 se
sacaron 1.440 toneladas métricas de sábalo, una de las especies más cotizadas en
Bolivia, y el año pasado se consiguieron apenas 474 toneladas. La institución
estima que este año la cifra será más desastrosa.
Un análisis realizado en 1999 por la
Agencia de Cooperación Internacional de Japón (JICA), ya advertía la sentencia
de muerte: “Los ríos potosinos de Tarapaya y La Ribera que sirven de afluentes
del Pilcomayo tenían una concentración de arsénico mil veces más que el valor
señalado por la Ley del Medio Ambiente 1333 y 5 mil veces superior a lo
recomendado por la Organización Mundial de la Salud”.
El estudio también hizo referencia a
que se encontraron 99 miligramos de plomo en cada litro de agua y lo permisible
era tan sólo de 0,05 mg/l. Según la investigación de JICA, esto se debía a que
más de 20 ingenios mineros botaban cada día más de 1.200 toneladas de desechos
contaminantes a los ríos Tarapaya y La Ribera que se convirtieron en canales
conductores del material minero hacia la cuenca del Pilcomayo.
Felipe Flores, representante de las
cooperativas y de los ingenios mineros de Potosí, dijo que —desde este año— sólo
se está depositando a los ríos el 30 por ciento de los desechos mineros porque
el resto es enviado a dos diques artificiales.
“La naturaleza ya está cobrando su
factura por el daño que se le hizo”, sentencia Roberto Salazar con la autoridad
que le da su investidura. Es el Director del Departamento de Recursos Naturales
y Medio Ambiente del Corregimiento de Villamontes y uno de los que también llora
el exterminio del sábalo.
Pero los ingenios mineros no son los
únicos verdugos del río tripartito. Una investigación de la Misión Rusa
elaborada en 1995, que fue contrastada por la Prefectura de Tarija en agosto del
año pasado, pone en evidencia que las grandes construcciones hidrológicas y
complejos de riego ejecutados en la parte baja del Pilcomayo (Argentina y
Paraguay) determinan cambios sustanciales en el medio ambiente del sábalo puesto
que entorpecen la migración de los peces a territorio boliviano.
“El dique número 28, en Argentina, que
no está dotado de construcciones efectivas para el paso de los sábalos, es la
causa para la muerte masiva de los reproductores que habitan los bañados
ubicados más abajo de las construcciones civiles”, detalla el estudio de la
Misión Rusa.
Pero este informe fue ignorado por los
gobiernos que se turnaron en el poder desde que éste salió a la luz, en 1995. La
comitiva boliviana confirmó la denuncia de los rusos, al evidenciar que la
canalización de las aguas para beneficio de la agricultura, en territorio
argentino, no tomó en cuenta que en dicha zona existe una especie piscícola que
migra aguas arriba para cumplir con su ciclo biológico y que es de gran interés
comercial en Bolivia.
También reveló que desde hace 15 años
los Esteros de Patiño, ubicados en territorio paraguayo, (donde también se cría
el sábalo), no se conectan al cauce del Pilcomayo, lo que impide que desde ese
lugar salgan los peces con destino a Villamontes.
Sedimento mortal
Otra arma letal es la gran cantidad de
sedimento que es arrastrado como consecuencia de la erosión de la cuenca alta
(Bolivia) hasta la cuenta baja (Argentina y Paraguay).
Este material, que no es otra cosa que
una mazamorra espesa de lodo, taponea los canales de la cuenca baja por donde
los peces escapan para nadar en contracorriente hacia Bolivia.
Sin conocer ningún documento científico
sobre el desastre que asechaba al Pilcomayo, el pueblo wennhayek vaticinaba lo
que estaba pasando. “Los paraguayos y argentinos han trancado el río y están
impidiendo el paso de los peces”, comentaban ya en el año 2000 cuando la pesca
alcanzó a 557 toneladas métricas, una cantidad por debajo de las expectativas.
Martha Sánchez se ríe cuando dice que
el Gobierno ha establecido que dictará la veda para la pesca el 15 de
septiembre. “Piensan tomar medidas como si el río estuviera lleno de peces”,
dice sentada en su trono ancestral, a orillas del Pilcomayo.
El pasado glorioso sólo es un
sabroso recuerdo
Hay un hombre moreno sentado en una
piedra a orillas del Pilcomayo. Está ahí desde hace tres horas, ignorando el
surazo que llegó a Villamontes el martes 30 de agosto.
“Me llamo Fidel Delgado y tengo
hambre”, dice y se excusa de dar la mano porque no puede soltar el hilo de
pescar.
—¿Un wennhayek acaso no es experto en
atrapar peces con las redes que miden más de 150 metros de largo?
—Eso era antes. Cuando había abundantes
peces en el río.
El hombre moreno hace memoria:
—Antes, los sábalos se desesperaban
porque los saquemos del agua de tantos que eran. Hasta volaban los pobres. Si
viera usted, la playa del Pilcomayo era llenita de camiones y de gente de todos
lados, hasta extranjeros llegaban. Con la plata de las ventas nos comprábamos
heladera, tele, radio, bicicleta, alcoholcito. Ahora nada, ya ni para comer
podemos conseguir pescando.
Dice que se quedará un rato más,
esperando a que pique el anzuelo y que le gustaría que alguien le regale
coquita.
Puros decretos, nada de hechos
En 1993, el entonces fiscal general de
la nación, Óscar Crespo, declaró que “la contaminación minera del Pilcomayo era
inaceptable”.
En mayo de 2000, José Luis Carvajal,
entonces ministro de Desarrollo Sostenible y Planificación, dijo: “El Pilcomayo
se nos muere. Estamos detrás de los responsables de la contaminación y en cuanto
conozcamos quiénes son, se aplicarán las sanciones”.
En agosto de 1997 se promulgó una
reglamentación ambiental específica para el sector minero, a través del Decreto
Supremo 24782 que otorgaba un plazo para que los empresarios mineros presentaran
sus manifiestos ambientales hasta el 1 de febrero de 1999. El 11 de junio de
1999 se amplió el plazo hasta finales de 2000.
En septiembre de 1998, el entonces
ministro de Desarrollo Sostenible y Planificación, Erick Reyes Villa, y los
prefectos de los departamentos del sur del país firmaron un acta de
entendimiento que preveía la construcción inmediata de un dique de colas
provisional para evitar daños ambientales durante el proceso de diseño y
construcción del dique de colas de San Antonio.
Después de tres años y medio, el 11 de
marzo de 2002, se inició el diseño final del Sistema de Alcantarillado de
Potosí, que incluye también el dique de colas San Antonio. El diseño final debía
ser presentado, a más tardar, el 10 de octubre de 2002 y las obras adjudicadas a
mediados de enero de 2003. Hasta ahora la obra no existe.
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