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Estreché la mano de Mandela y sentí la misma emoción con el cacique Artemio
Montenegro, que ya había sido nominado en otras
oportunidades, es docente de las universidades de Córdoba, Buenos Aires y
Mar del Plata, y presidente de la Fundación para la Defensa del Ambiente
(Funam). Encontró en Funam -que se mantiene con aporte de un pequeño
grupo de socios- un canal para utilizar las herramientas de la ciencia en
y con comunidades postergadas. “Hacemos un intercambio: ellos nos
enseñan lo que saben y nosotros les mostramos lo que sabemos”.
Actualmente trabaja para que cese la depredación ambiental y sean
devueltas 9000 hectáreas de selva a las comunidades mbyá Tekoa Yma y
Tekoa Kapi’i Yvate, en la Reserva de Biosfera Yabotí. ¿Qué significa este premio después de tanto
trabajo incansable y pocas veces reconocido? Para mí el Right Livelihood Award fue siempre un
premio amigable, comprometido. Lo recibieron, por ejemplo, Ken Saro-Wiwa
de Nigeria, ejecutado por luchar contra una de las empresas petroleras más
poderosas de la Tierra, y el español Juan Garcés, cuyo rápido accionar
permitió que se encarcelara a Augusto Pinochet en Gran Bretaña. Es
cierto que muchos de nuestros trabajos nunca tomaron estado público, por
ejemplo cuando logramos que Guatemala rechazara la importación de un
reactor nuclear Candú “regalo” de Canadá, o nuestra campaña
internacional “La Voz de los Niños” que trabajó en 42 países con
600.000 chicos. Este año, por ejemplo, pude conocer en París a una
familia de Ruanda que logramos salvar del genocidio. Lo logramos gracias
al trabajo de una periodista francesa y de nuestra campaña La Voz de los
Niños. Hoy todos están a salvo. Este premio es muy conocido en Estados Unidos, Europa
y Asia, y en muchos países de América latina y África, pero no tanto en
la Argentina; en parte quizás porque ningún argentino lo recibió antes.
Al jurado que lo otorga le llamó la atención que me dedicara a tantos
temas distintos con tan pocos recursos económicos, y que en muchos casos
lográramos, junto a la comunidad, pequeños y grandes éxitos. Está a la par de grandes hombres de la historia de la humanidad. ¿Cuál es su reflexión? Este premio me abre ventanas impresionantes para
acelerar luchas que venían muy lentas, como la devolución de tierras a
las comunidades mbyá guaraní de Tekoa Yma y Tekoa Kapi’i Yvate, en
Yabotí. He tenido la oportunidad de contarles a periodistas de Suecia y
Alemania que 60 niños, 40 mujeres y 200 adultos mbyá están pacíficamente
concentrados en una plaza de Posadas, en Misiones, desde hace más de un
mes, y que el gobernador Carlos Rovira no los quiere recibir. Pude
contarles cómo el Ministerio de Ecología de esa provincia defiende más
los intereses de las madereras que la vida de los indígenas, y que allí
está ocurriendo un genocidio silencioso. Esto es lo sorprendente del
premio, es como un megáfono que nos facilita decir verdades. Pasar de la
letra chica, casi susurrada, al grito que escucha mucha gente. La campaña que lidera tiene ahora mayor
respaldo... El premio no sólo nos permite salir hacia afuera con
más fuerza, sino también hacia adentro, donde enfrentamos las pobres
gestiones ambientales de la provincia de Córdoba y la Nación. Estos
funcionarios todavía no saben trabajar con la gente ni con la
ciencia, y lo peor es que la sociedad sigue pagando sus sueldos. En este momento de alegría por el reconocimiento,
¿recuerda a alguna persona o situaciones en particular? He trabajado no sólo en mi país sino también en África,
en la India, en América Central. En estos viajes viví situaciones
irrepetibles e imprevistas. En la mañana del 11 de septiembre de 2001
estaba dando una conferencia en la Universidad de Georgetown, en
Washington, cuando fueron estrellados varios aviones comerciales contra
las Torres Gemelas y el Pentágono. Algunos años antes mientras viajaba
de Etiopía a Senegal logré salir milagrosamente de la ciudad de Addis
Abeba antes de que los rebeldes y las fuerzas gubernamentales se
enfrentaran. He caminado lugares tan distintos como las sabanas de Kenya,
los pueblitos empobrecidos de Uganda, y la selva misionera en la
Argentina, y en todos estos sitios aprendí que la sabiduría está más
cerca del barro que de las luces urbanas. ¿Vivió momentos difíciles al enfrentarse con
duras realidades? Sí. Amo mi trabajo pero reconozco que es duro.
Cuando acompañé a la gente de Punto Doc en su recorrido por el barrio de
Ezpeleta, afectado por líneas eléctricas de alta tensión y una enorme
planta de transformadores, entré a la casa de mucha gente enferma que
quería saber si allí los campos magnéticos eran muy altos. Aún hoy
recuerdo sus ojos angustiados mientras hacía las mediciones con un equipo
portátil. Por suerte en Ezpeleta los vecinos se hicieron oír, y lograron
excelentes resultados. ¿Y las grandes satisfacciones? Los premios inesperados, como cuando hace dos años
estuve trabajando con los vecinos de barrio Vista Alegre en Asunción,
Paraguay. Se oponían al proyecto de construir una gran estación
transformadora de electricidad frente al Colegio Verbo Divino. Hice los
estudios, hablé con las autoridades, hicimos audiencias públicas y la
gente finalmente ganó. Días antes de dejar Asunción me invitaron al
colegio. En la calle había unos 3000 niños reunidos para agradecerme. Aún
hoy me tiemblan las piernas cada vez que lo recuerdo. ¿Sintió temor alguna vez, por usted o por las
comunidades que defiende? Lo feo son las amenazas que recibo cuando tocamos algún
interés económico muy grande. Yo tengo una libretita donde las anoto.
Amenazas dichas en voz suave y educada, amenazas groseras y tajantes,
amenazas por carta documento. Cuando luchábamos contra la importación de
basura nuclear desde Australia, INVAP se sintió ofendida por lo que decíamos,
pues mis declaraciones habían aparecido en los principales diarios de
Australia, y quiso presionarme con una carta documento. Denuncié la
intimidación en la Argentina y otros países, y nunca volví a recibir
sus cartas. También están las casualidades importantes... Sí, en 1992 pude conversar con Jacques Yves Cousteau en Río de Janeiro, y durante la Cumbre Social de Copenhague, estrechar la mano de Nelson Mandela. Una y otra vez volví a sentir la misma emoción cuando saludé por primera vez a Artemio, cacique y sacerdote de Tekoa Yma, una comunidad mbyá Guaraní de Misiones, o cuando una dirigente Kolla me obsequió una vasija de barro llena con tierra procedente de muchas comunidades indígenas. El biólogo argentino Raúl Montenegro, trabaja en defensa de los guaraníes en Misiones, y fue galardonado en 2004 con el premio internacional por el derecho a una buena vida (Nobel Alternativo). Entrevista de Cristina Besold, El Territorio, Argentina, octubre 2004. |