ANALISIS AMBIENTAL.net |
LA OLA QUE LO BARRE TODO
José da Cruz
La opinión pública internacional
está conmovida por la situación en Asia sudoriental. Más o menos pronto,
lamentablemente, ocurrirá algún otro desastre que también reclamará nuestra
atención. Será otra situación, pero de características similares: muerte,
destrucción, pérdidas de todo tipo, noticias parecidas, actitudes más o menos
iguales. Este artículo pretende resaltar ciertos riesgos comunes de los
desastres y su incidencia social, utilizando el caso del Asia como ejemplo.
Dolor y dólares
Aún no se sabe, ni se sabrá, el número de víctimas, mortales o no, en el sur de la India, en Indonesia, Malasia, Maldivas, Sri Lanka, Tailandia y otras regiones y territorios afectados por terremotos y tsunamis.
Menos podrá saberse a cuánto ascienden las pérdidas económicas, que cada fuente calcula a su manera. Los recuentos de pérdidas no pueden incluir, por ejemplo, las rupturas en el sutil tejido de la sociedad, que dificultan o interrumpen las relaciones económicas y son imposibles de calcular. Lo que aparecerá en la prensa serán aproximaciones más o menos afortunadas a los futuros gastos de la reconstrucción.
Ligado a las pérdidas aparece un
fenómeno muy complejo: la asistencia. Presenciamos en estos días el triste
espectáculo de los ofrecimientos de países ricos, el regateo, las condiciones
impuestas, y por otro lado las campañas populares de recolección de fondos
que, en el mejor de los casos, en algún porcentaje alcanzarán a alguna víctima.
El tsunami como metáfora
Es adecuado utilizar la imagen de la ola gigante para describir un desastre. Lo sentimos como un fenómeno de fuerza y potencia sobrecogedoras, que viene “de afuera” e irrumpe en la realidad cotidiana. Daniel Dory habla del desastre como un “hecho geográfico total”, que afecta al sustrato físico de la sociedad y a todos los niveles de su superestructura.
La etimología indica que des-astre es una situación donde la protección de los astros ha sido retirada, es una des-gracia. El desastre aparece como lo opuesto a la normalidad.
Las consecuencias físicas de un desastre son visibles pero hay otras no tan fáciles de apreciar. Deja muerte y destrucción, pero también transformaciones sociales, económicas y políticas. Una nueva normalidad se forma para curar las heridas del desastre y por lo tanto la separación entre normalidad y desastre no es tan tajante como parece.
Normalmente, por mejor que sea su desempeño, las autoridades no logran manejar una situación de desastre de modo de conformar a todos los afectados. La gente protesta, se organiza, surgen presiones poderosas, hay que establecer prioridades y el dinero nunca es suficiente.
Tal vez no relacionaremos futuros cambios en el sudeste asiático con las consecuencias de este desastre de hoy, pero por ejemplo los observadores coinciden en que el manejo de la situación creada por el terremoto de 1985 en Ciudad de México fue un factor importante para los cambios políticos que se dieron en los años subsiguientes.
El desastre actúa como catalizador de procesos preexistentes y, pese a que la reconstrucción trata de restablecer el estado anterior, se abren espacios de participación, crece la conciencia de riesgo y, en el mejor de los casos, mejoran las políticas de prevención. Por ejemplo, se habla ahora de extender la red existente de monitoreo de olas gigantes para cubrir el océano Índico.
Lamentablemente, también es común que a medida que las consecuencias del desastre sean remediadas, las políticas de prevención se relajen y aún pasen al olvido. En tiempos de normalidad pocos recuerdan que un desastre no es excepcional, sino un suceso recurrente. Cada tanto llegará el terremoto, la sequía o la tormenta. El plazo entre desastres puede ser largo e irregular, pero el riesgo no es en realidad una excepción, sino un componente de la realidad geográfica local.
Pese a posibles sistemas de alarma, prevención y preparación, la única garantía de que los daños sean los mínimos posibles es un desarrollo sustentable con respeto estricto de las condiciones naturales dominantes en el lugar, y un proceso de democracia participativa. Que esto no sucede, lo vemos cada vez con mayor frecuencia. Sería más importante centrar la discusión en qué estamos haciendo con nuestro ambiente, más que si los desastres se pueden prever o no. Tarde o temprano ocurrirán de todos modos, en un mundo cada vez más poblado, polucionado y transformado según necesidades de lucro económico.
Hablamos de condiciones naturales,
pero el desastre es un hecho social. No importa mucho un terremoto en el
desierto, por ejemplo. A medida que la sociedad coloniza la naturaleza, menos
natural es ésta. Cuando llega la ola arrastra las infraestructuras que no
tuvieron en cuenta la posibilidad de su ocurrencia, y lo hace sin piedad.
Toda la ayuda y que venga ya
El primer dato que golpea nuestros ojos desde las pantallas de los televisores es la trágica presencia de las víctimas. Las voces de los periodistas hablan de necesidades, de pérdidas totales, de urgencia y prisa. Pero detengámonos a pensar en qué necesita una víctima, qué la afecta realmente.
Necesita un refugio, alguna ropa, agua y alimento, tal vez atención médica y sicológica, probablemente un trabajo. Pero esta situación excepcional, ¿no nos recuerda a otra, permanente y parte de la normalidad? ¿No son las mismas necesidades de los indigentes y marginados? ¿Tal vez haya que definir a una víctima como alguien que se ve obligado a compartir las necesidades de los marginados?
Sin embargo, la sociedad muestra disposición para ayudar a las víctimas, mientras el número de marginados sigue creciendo como una especie de ofrenda de sangre al progreso o al desarrollo o como se le quiera llamar. ¿Habrá en esta conducta un reconocimiento implícito a la condición de integrado, y un castigo implícito de los excluidos?
Tan iguales son las necesidades que en muchas situaciones de desastre se ha separado mediante distintivos especiales a quienes tienen derecho a acceder a la asistencia y quienes no, a quienes pueden participar de un plan de viviendas de emergencia y quienes no, aún si ambos grupos necesitan lo mismo. El gobierno de Malasia expresa, según noticias de prensa, que tiene dificultades para administrar la ayuda pues los registros de víctimas difieren y eso afecta la distribución.
La asistencia conlleva una enorme carga simbólica e implica a la vez un trasiego de valores materiales, una demostración de solidaridad, un acto de alto contenido político, un incalculable potencial propagandístico, un arma diplomática sutil y efectiva. También implica un fuerte dolor de cabeza para el personal local, que debe disponer de un aparato de recepción, depósito y distribución de envíos que probablemente no hayan solicitado, y de voluntarios extranjeros que exigen entrar en acción de inmediato pero necesitan guía en terreno desconocido y a veces intérpretes o traductores. Salvo en el caso de que aporten especialidades muy específicas, inexistentes localmente, la asistencia de voluntarios extranjeros no está exenta de controversia.
En la historia de la ayuda extranjera abundan las referencias a equipos de esquiar enviados al trópico o conservas de cerdo para musulmanes, partidas de zapatos de tacos altos en zonas agrestes, medicamentos vencidos o sin aplicación posible y todo un folklore del desencuentro, la prisa y, a veces, la mala fe.
Es mucho más efectivo comprar los productos necesarios en el mercado local, colaborando a su recuperación, que transportar cajas de fideos o bolsas de ropa usada desde el otro lado del mundo. Salvo en el caso de un improbable colapso total, cada sociedad tiene recursos para cubrir, mal o bien, necesidades extraordinarias. Muchas veces el problema para conseguir ayuda en forma local es la falta de dinero o de voluntad política, no de mercaderías en oferta.
Por otra parte, la asistencia internacional es una transferencia de mercancías de un país rico a uno pobre. Eso da a la ayuda un valor de mercado que puede ser muy alto y por lo tanto favorece formas de corrupción. En muchos desastres aparecen historias de envíos desviados hacia canales comerciales o sustraídos por el personal de asistencia.
La ayuda internacional es un fenómeno relativamente nuevo. El terremoto de Managua en 1972 se señala como la primera ocasión en que llegó ayuda masiva desde largas distancias. Antes no hubiera sido posible, debido a costos operativos y limitaciones técnicas, como los aviones disponibles.
Cuando hoy se analiza la ayuda se da importancia a factores como posibles transformaciones culturales por la irrupción masiva de mercaderías de consumo provenientes de países ricos, sin costo, y respaldadas por la propaganda de la televisión globalizada. Antes no se pensaba en esas sutilezas.
Se hacen grandes esfuerzos institucionales para lograr mejor coordinación y más efectividad en la asistencia, se han adoptado códigos de conducta, se escucha más a las víctimas, existen formas de organización entre instituciones para evitar los envíos poco útiles, dependientes de la voluntad soberana del donante. Coordinar la coordinación ha sido otro dolor de cabeza, y los avances son lentos.
En estos días se lanzan campañas en varios países para reunir fondos y materiales. El área afectada es tan extensa y son tan diferentes las realidades que contiene, que será difícil alcanzar a todos los necesitados. Como siempre, la ayuda más importante será, a la larga, la que provenga de recursos locales. No olvidemos que en el conjunto de países afectados habita una quinta parte de la población del planeta.
Una característica común es que son países más o menos pobres o de desarrollo medio, y que todos cargan con crisis económicas y abundantes deudas externas. Se informa que en conjunto deben 375 000 millones de dólares, y que Indonesia y Sri Lanka pagarían 6 000 millones este año por servicios de deuda. Esto debe contraponerse a los 1000 millones que solicita la ONU para ayuda inmediata, y que no se concretan, en comparación, por ejemplo, a los 1500 millones que recibió Uruguay para conjugar su crisis bancaria reciente, o los 40 000 que costó el llamado blindaje del peso argentino. Claro, ayuda es ayuda y lo otro son deudas…
Se ha lanzado una campaña por la moratoria de pagos de deuda en los países afectados, ya que una condonación sería una “señal negativa y un llamado a endeudarse” como dijo un funcionario internacional. La iniciativa, presentada por países europeos en la reciente conferencia de la ONU en Yakarta, quedó registrada en las noticias; las negociaciones subsiguientes no serán tan expuestas a la opinión pública, y será allí donde se defina cuánto será otorgado y cuanto no. Las promesas recorren un largo camino antes de hacerse realidad.
Ningún país queda paralizado por una catástrofe, y los mismos damnificados tienen un papel activo en la asistencia y la reconstrucción. En Asia han partido flotas de barcos, naves aéreas y camiones con ayuda de origen local, desde las zonas que no sufrieron impactos directos. La Cruz Roja Internacional recordó que las necesidades básicas de las víctimas son “tiendas de campaña, mantas, agua potable, alimentos y utensilios del hogar, como redes para protegerse de los mosquitos”, indica un cable de IPS. Todos estos elementos no deberían ser imposibles de hallar en los mercados locales. Tal vez no existan en cantidad suficiente, pero para nada son parte de equipamientos sofisticados, caros y extraños al medio.
Es de primera magnitud el problema del acceso al agua potable, recurrente en desastres de todo tipo. Tal vez debiera crearse una Brigada del Agua, dependiente de las alicaídas Naciones Unidas, que dispusiera de unidades potabilizadoras y medios para transportarlas rápidamente a dónde fueran necesarias, hasta que se restablecieren los sistemas de abastecimiento locales. Las temidas epidemias tendrían así mucho menores posibilidades de desarrollo.
Un problema adicional en el campo
de la asistencia es que normalmente las campañas de ayuda se desencadenan
debido a los medios de masas, y las noticias de prensa sobre la catástrofe
siguen sus propias reglas y se enfrentan a limitaciones muy específicas.
La adoración de la escala de Richter
Los periodistas quieren obtener informaciones con precisión, claridad y formuladas pedagógicamente, para transmitirlas de inmediato. En la situación de incertidumbre que sigue a un desastre difícilmente los datos disponibles reúnan estas características. Pero hay prisa, hay demanda, hay que publicar y algunos datos concretos son imprescindibles.
En el caso de un terremoto surge como tabla de salvación la escala de Richter. Sería interesante saber cuántos lectores o televidentes saben que en realidad esta escala mide la amplitud de las oscilaciones de la aguja de un sismógrafo. Para el periodismo, los valores alcanzados en la escala de Richter ofrecen una noticia ideal: viene de un registro mecánico, de fuente científica y fácilmente identificable, es prácticamente indiscutible y se obtiene de inmediato. Su utilidad para el público no va más allá de comparar si el temblor fue más fuerte o más débil que otros y aunque a veces se nombra que la escala es logarítmica no queda claro qué significa la diferencia en un grado. Más útil sería informar la extensión de la ruptura en la placa tectónica, pero ese dato no surge de inmediato.
Las informaciones sobre víctimas y pérdidas suelen darse sin relación con un contexto. La pérdida de una sola vida ya es una tragedia irreparable, pero no es lo mismo si 10 000 muertos se producen en una ciudad de 20 000 habitantes o en una de 15 millones, si un millón de dólares se perdieron en California o en Uttar Pradesh.
Existen iniciativas en el sentido de profundizar y afinar la visión sobre los desastres en los medios de masas y, en comparación con otros desastres, en el caso que comentamos los medios han mejorado su trabajo.
Un desastre, si bien reúne las características para ser noticia importante, es un proceso prolongado, complejo y que no puede entenderse sin un análisis del proceso social en el lugar afectado, antes, durante y después del evento mismo. Hoy, el medio por excelencia para informar sobre desastres es la televisión, pero la televisión necesita imágenes, no solo datos, y son las imágenes lo que suele desencadenar las campañas de ayuda. Sin embargo, la generación de imágenes es local, las víctimas no hablan inglés como sí lo hacen la media docena de agencias distribuidoras. Además, los televidentes a lo ancho del mundo no tienen mayor idea de la realidad de los países afectados pero deben recibir en escasos segundos un mensaje comprensible.
Por esas causas, las imágenes escogidas en las
redacciones muestran, casi sin excepción, una casa derrumbada, un grupo de
gente que agita sus manos reclamando comida, mujeres que lloran desconsoladas y,
en el mejor de los casos, algún dirigente local o de una ONG europea. Son
inevitables, después de la catástrofe, las noticias sobre salvaciones
individuales milagrosas, el drama individualizado, la dramaturgia, la aventura.
Tales noticias abundan en estos días.
Pesimismo y optimismo en el futuro
Una gran pregunta nos plantean estos acontecimientos aparentemente inevitables: ¿qué podemos hacer? En realidad podemos hacer mucho y podemos hacer muy poco.
Ninguna fuerza social, movimiento, agremiación o partido que haya reflexionado sobre el tema, sostendría una posición contraria al desarrollo sustentable. Un desarrollo realmente sustentable es una condición ineludible para reducir los efectos de los desastres. Eso es positivo. Lo negativo es el gato por liebre que se esconde detrás de muchas formulaciones, pura retórica hueca, que abanderados con el desarrollo sustentable sirven a intereses opuestos.
Hay una creciente conciencia ambiental, paralela a una mayor conciencia sobre el conjunto de los derechos humanos, pues el derecho a un ambiente sano —que por lo tanto evite riesgos— es uno de ellos. Eso es positivo. También lo es la conciencia sobre el acople evidente entre vulnerabilidad y pobreza, y por lo tanto sobre la necesidad de disminuir la pobreza para alcanzar un mundo más seguro. Ante las desmayadas y desganadas Metas del Milenio de las Naciones Unidas, se levanta la alternativa de que otro mundo es posible, simbolizada en los Foros Sociales Mundiales. Eso es positivo.
Lo negativo es que las fuerzas que igualan desarrollo social con lucro privado, y por lo tanto con abuso de los recursos ambientales —y de la gente—, dominan con amplitud y por lejos sobre aquellas que pretenden construir una alternativa.
También es positivo que una posición minoritaria y radical hace cuarenta años, cuando comenzó la investigación académica sobre desastres, se ha abierto camino y hoy es compartida por grandes organizaciones de asistencia. El desastre y los riesgos se consideran parte de la normalidad, hechos sociales y por lo tanto sujetos a un manejo democrático. Lo negativo es que la visión tradicional, de que el desastre es una excepción y una cuestión para expertos que toman medidas de tipo militar, sigue predominando en la práctica. Una serie de mitos, reforzados a veces por los medios de masas, sobreviven aún pese a ser combatidos por organizaciones de todo tipo.
De todos modos, la historia de la sociedad es una historia de avances, retrocesos y duros aprendizajes, y por lo tanto hay que mantener un pesimismo esperanzado.
José da Cruz es doctor en geografía, especializado en desastres, e integrante del equipo de CLAES. Su más reciente libro es sobre la ecología social de los desastres y está disponible en internet. Publicado por CLAES el 11 de enero 2005. Se permite la reproducción siempre que se cite la fuente
________________________________________________________________