ANALISIS 

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ESI, EPI, Rio+10

   

José da Cruz

  

No hay peor engaño que el de quien se engaña a sí mismo. Y así estamos viviendo.

José Saramago, en el cierre del Foro Social Mundial, Porto Alegre 050202

 

Dentro de unos meses tendrá lugar la Cumbre Mundial sobre Medio Ambiente y Desarrollo "Río+10", o conferencia de Johannesburgo. Allí se debatirá cuánto han avanzado los países en el camino del desarrollo sustentable, diez años después de haber adoptado los compromisos de Rio en 1992.

La preparación de la conferencia implica la entrega de informes nacionales. Los informes tenderán —o deberían tender— a la evaluación más que al diagnóstico, pero toda evaluación exige parámetros: qué había antes, qué hay ahora. En este aspecto, Naciones Unidas ha contribuido consecuentemente a la estandarización de las rutinas para recoger, procesar y presentar datos.

Todas las definiciones posibles de los conceptos sustentabilidad o sostenibilidad combinan aspectos cuantitativos y cualitativos y los indicadores necesariamente pertenecerán a ambas clases. Por lo tanto, las evaluaciones nacionales para la conferencia de Johannesburgo se elaborarán sobre un cimiento de mediciones también cuantitativas y cualitativas, y esto no es un problema de fácil solución.

Recientemente, los participantes del Foro Económico Mundial de Davos han dado a conocer una clasificación de más de 130 países según su sustentabilidad, compuesto de dos índices llamados ESI y EPI. Todo suceso relativo a este Foro gana gran espacio en los medios de comunicación y las noticias producen muchos ecos. El ESI y el EPI nos están proponiendo un modelo de sustentabilidad que la prensa —y tal vez las Naciones Unidas— adoptan de hecho como el más válido.

Creemos necesario reflexionar sobre estos aspectos. El artículo revisará los índices nombrados y hará un intento de ubicarlos en la perspectiva de la próxima conferencia de Johannesburgo.

 

Cómo y qué medimos

Si hacemos abstracción de posibles causas de error, una medida del contenido de NOx en el aire o del material en suspensión en el agua no es controvertible; en cambio, los avances en la conciencia ambiental o el grado de preparación de la administración pública para hacer cumplir las regulaciones —por más que pudieran cuantificarse indirectamente— serán siempre materia opinable.

Evaluar la sustentabilidad nos pone ante una situación no del todo simple. Tenemos que elegir qué medir y cómo hacerlo, y elegir también a qué vamos a dar mayor importancia; recién entonces podremos operar con las magnitudes obtenidas y generar una escala. Pero, ¿qué pasa si no hay estadísticas o registros sistemáticos del período considerado? ¿Qué pasa si no se pensó, hace diez años, en establecer con claridad una familia de indicadores? ¿Se podrán medir, en conjunto, las dimensiones social, ecológica y económica de la sustentabilidad? ¿Cuánto es "el valor de un ruiseñor", como se preguntan Funtowicz y Ravetz (2000). Sería necesario, para sortear esta dificultad, aceptar la "impredictabilidad, el control incompleto y una pluralidad de perspectivas legítimas" como bases científicas (id).

Existen de todos modos compilaciones de indicadores de sustentabilidad, por ejemplo la huella ecológica o las comparaciones entre el desempeño ambiental de algunos países; hay mediciones del llamado "factor 10" o cálculos de eficiencia ecológica relacionadas con el ingreso per cápita (CGSDI Dashboard). Estas compilaciones son intentos valiosos, pero en ninguno de los casos citados los autores pretenden abarcar todos los ítems posibles ni se plantean cubrir las múltiples dimensiones de la sustentabilidad. Tal vez la única evaluación válida sea aquella producida mediante las opiniones de los actores sociales, es decir, una elaboración cultural; en otras palabras, un análisis político.

Ahora bien, este análisis puede hacerse de modo explícito, mediante una elaboración colectiva o ser un producto de laboratorio revestido de aspiraciones de objetividad mediante la elisión de su intrínseco carácter político. Creemos que ese es el caso del ESI y el EPI, publicitados a lo largo y ancho del mundo en el mes de marzo.

 

Los índices ESI y EPI

En su reunión del año pasado, 2001, el Foro Económico Mundial de Davos publicó por primera vez su Índice de Sustentabilidad Ambiental (ESI, sigla en inglés). El ESI se dirige más que nada a analistas y a quienes toman decisiones, y utiliza "los mejores datos disponibles" para "comparar las trayectorias ambientales a largo plazo de las naciones" (ESI - EPI 2002).

La realización del ESI estuvo a cargo del Centro de Leyes y Políticas Ambientales, un organismo creado entre la Facultad de Leyes y la Escuela de Estudios Ambientales y Forestales, ambas de la Universidad de Yale; el Centro de la Red Internacional de Información de Geociencias del Instituto de Geociencias de la Universidad de Columbia, y la Fuerza de Tareas Ambientales "Líderes Globales del Mañana", del mismo Foro Económico Mundial (Yale 2001). Esta prolija enumeración apunta a señalar que dos prestigiosas universidades de EEUU se sumaron a la representación de los intereses económicos más poderosos para crear este documento.

En febrero pasado se cerró en Nueva York la reunión del Foro de Davos de este año y allí se dieron a conocer la versión actualizada del ESI y un nuevo ranking, el Pilot Environmental Performance Index (EPI, o Índice de Resultados del Manejo Ambiental). El EPI considera la escala nacional y se basa en cuatro indicadores fundamentales: la calidad del aire, la del agua, las emisiones de gases de efecto invernadero y la protección de los ecosistemas. Cada indicador resume otras series de datos.

Ambos índices se centran en condiciones nacionales. Mientras el ESI intenta medir las posibilidades a largo plazo en un amplio número de variables, el EPI es un "contrapunto" que mediría las tendencias en el manejo de los recursos. Para establecer el EPI se han utilizado las bases de datos del ESI y por eso analizaremos cómo ha sido construido éste.

El ESI se compone de cinco categorías que agrupan a 20 indicadores compuestos por 67 variables sopesadas según grados de importancia y por lo tanto de puntaje. Las cinco categorías tienen un peso similar en la cuenta final. El esquema es el siguiente:

 

Categoría

Indicadores

Variables

1. Sistemas ambientales

Calidad del aire

 

 

Cantidad de agua

 

Calidad de agua

 

 

 

Biodiversidad

 

Terreno

Concentracóon urbana de SO2

Concentración urbana de NO2

Concentración urbana de TSP

Agua nacional renovable per capita

Aporte de agua del exterior per capita

Concentración de oxígeno disuelto

Concentración de fósforo

Sólidos en suspensión

Conductividad eléctrica

Porcentaje de mamíferos amenazados

Porcentaje de aves en reproducción amenazadas

Porcentaje de terreno con impacto antropogénico muy bajo

Porcentaje de terreno con impacto antropogénico muy alto

2. Reducción de estrés ambiental

Reducción polución de aire

 

 

 

 

Reducción estrés de agua

 

 

 

Reducción estrés eco-sistema

 

Reducción de presiones de consumo y desechos

Emisiones de NOx por área poblada

Emisiones de SO2 por área poblada

Emisiones de VOCs por área poblada

Consumo de carbón por área poblada

Vehículos por área poblada

Consumo de fertilizantes por hectárea de tierra arable

Uso de pesticidas por hectárea de tierra sembrada

Poluentes orgánicos industriales en agua fresca disponible

Porcentaje del territorio del país bajo estrés severo

Porcentaje de cambio en el área forestal 1990-00

Porcentaje del país con exceso de acidificación

Huella ecológica per capita

Residuos radioactivos

3. Reducción de vulnerabilidad humana

Reducción del crecimiento poblacional

Sustento humano básico

 

Salud ambiental

% total de fertilidad

% de cambio en la proyección de población 2001-2050

% de desnutridos en la población total

% de población con acceso a suministro mejorado de agua

% de muertes de niños por enfermedades respiratorias

% de muertes por infecciones intestinales

Mortalidad de menores de 5 años

4. Capacidad social e institucional

Ciencia y tecnología

 

 

Capacidad para el debate

 

 

 

Control ambiental

 

 

 

 

 

 

 

 

Compromiso del sector privado

Índice de logros tecnológicos

Índice de innovación

Escolaridad media (15 o más años de edad)

Organizaciones miembros de IUCN por millón de habitantes

Libertades civiles y políticas

Instituciones democráticas

Porcentaje de variables del ESI accesibles al público

Porcentaje de territorio con estatus de área protegida

Cantidad de criterios sectoriales para las EIA

Área acreditada ante FSC como % del área forestada total

Control de la corrupción

Reducción de externalidades de mercado (relación del precio de la gasolina con el promedio internacional)

Subsidios por el uso de energía o materiales

Subsidios al sector de pesca comercial

Compañías con certificación ISO14001 por millón $ PBI

Índice de sustentabilidad del grupo Dow Jones

Registro promedio de empresas con Innovest EcoValue

Miembros del WBCSD

Innovación ambiental del sector privado

5. Administración global

Eficiencia ecológica

 

Participación en esfuerzos internacionales

 

 

 

 

 

Reducción de gases de efecto invernadero

Reducción de presiones ambientales transfronterizas

Eficiencia energética (consumo energía por unidad del PBI)

Producción de energía renovable % del total consumido

Membrecías en org. ambientales intergubernarmentales

Porcentaje de exigencias CITES satisfechas

Participación en la Convención de Viena / Protocolo de Montreal

Niveles de participación en la Convención de Cambio Climático

Participación en el fondo multilateral del Protocolo de Montreal

Participation en la GEF (Global Environmental Facility)

Adhesión a acuerdos ambientales

Emisiones de CO2 per capita

Eficiencia de carbón (emisiones de CO2 por dólar PBI)

Consumo de CFC (total veces per capita)

Exportación de SO2

Total de pesca marina

Consumo de pesca per capita

Totales:          5

                                     20

                                      67


 

Los autores reconocen que las fuentes utilizadas presentan limitaciones serias, pero que a pesar de ello "es posible construir mediciones ilustrativas" del desempeño ambiental —como el EPI—, que ayudaría a asentar en bases más firmes la toma de decisiones sobre control de polución y administración de recursos. También, estas mediciones posibilitarían "útiles comparaciones entre países", visualizando cómo actúan los gobiernos para alcanzar con éxito los objetivos de política ambiental y cómo los combinan con "objetivos antagónicos".

Señalan también los autores que las mediciones de indicadores ambientales, como el ESI, son mucho más usuales que las comparaciones de performance en el manejo del ambiente, como el EPI. Las severas limitaciones de los datos disponibles dificultan la utilización del EPI como herramienta analítica, pese a que el EPI indica cuáles actores están mejorando el manejo ambiental en sus países, un dato importante para la planificación (ESI EPI 2002).

 

La visión crítica

Cuando fue publicado el ESI en 2001, la revista The Ecologist hizo un análisis crítico de este índice (CLAES 2001, The Ecologist 2001). Partiendo de una primera impresión de desconfianza en el ESI, la revista unió esfuerzos con Amigos de la Tierra Internacional y organizaron un equipo de trabajo para estudiarlo.

Sus conclusiones fueron que había que reconocer un punto a favor del ESI: su misma existencia. Es importante que se haya intentado compilar tantos indicadores. En cambio, su resultado es engañoso pues presenta "a los peores villanos ecológicos del mundo como si fueran chicos buenos, beneficiando a las naciones poderosas". Si la comparación entre países estuviera hecha de modo adecuado, el ESI mostraría un útil panorama de las prioridades más necesarias (The Ecologist 2001).

La crítica principal sobre el ESI, aparte de su categorización como políticamente tendencioso, refiere a los indicadores. Para The Ecologist, la selección de cinco categorías queda pobremente justificada, así como la cantidad y el tipo de indicadores (20 en 2002) y variables (67) incluidos en cada una. Como el puntaje adjudicado a cada país depende de estos resultados, la elección de variables y el valor que se les ha otorgado son decisivos. Es obvio que las respuestas posibles dependerán de las preguntas formuladas.

En ese sentido, el ESI presenta un desbalance entre indicadores de sustentabilidad socioeconómica e indicadores de sustentabilidad ambiental. Para The Ecologist (2001) estas dos condiciones deben medirse separadamente: en la primera entran la salud, el nivel de vida, la seguridad económica y la justicia social; en la segunda, que la humanidad en conjunto no utilice más servicios ecológicos que aquellos que la naturaleza pueda regenerar. Un ESI más genuino, entonces, mediría cómo se cumple esta segunda condición; incluir allí mortalidad infantil o acceso al agua potable es mezclar factores socioeconómicos en la cuantificación de la sustentabilidad ambiental, lo que otorga desde el arranque ventajas a los países que tienen mayor capacidad para proveer los servicios necesarios, es decir, a los más ricos.

Discutibles también son los indicadores de capacidad: que un país tenga "la capacidad" de enfrentar problemas ambientales no quiere decir que los enfrente. En la primera edición del ESI esta categoría aportaba una tercera parte de los indicadores totales (7 en 22) y si bien en la edición de este año su peso es menor (4 en 20) la crítica sigue siendo válida.

Entre las variables están los índices de logros tecnológicos y de innovaciones; ambas probarían la capacidad de respuesta y de adaptación a los desafíos ambientales, pero en la destrucción de las posibilidades de sustentabilidad también tiene un papel destacado la tecnología. La capacidad de innovación no indica más que un posible dinamismo empresarial o investigativo, pero nada relativo a sustentabilidad.

La membrecía en el Consejo Mundial de Empresas para el Desarrollo Sostenible (WBCSD) otorga también puntaje positivo pues mediría el compromiso del sector privado, pero el WBCSD está a su vez íntimamente ligado a quienes encomendaron el ESI y el EPI. El Consejo se formó en 1995 por la fusión del Consejo de Empresas para el Desarrollo Sostenible —creado antes de la Cumbre de Río— y el Consejo Mundial de la Industria para el Medioambiente, organismo de la Cámara Internacional de Comercio (ICC). El WBCSD declara estar comprometido con el desarrollo sostenible, el cual se logrará mediante crecimiento economico, proteccion del medioambiente y equidad social. En él están representadas, por sus respectivos jefes ejecutivos, unas 150 empresas transnacionales (A SEED).

A su vez, la ICC es el "principal grupo de presión empresarial del mundo" compuesto por más de 7000 empresas y dominado por las multinacionales más poderosas, la mayoría de las cuales también forman parte del WBCSD. La ICC "ha jugado un papel decisivo en la creacion del WBCSD" a la vez que "ha sido siempre un jugador clave en la presión para conseguir mas desregulación del mercado global y liberalización comercial, y ha tenido una enorme influencia en los tratados de la ONU y la OMC" (id.).

La inclusión de este indicador en el ESI está justificada por el razonamiento de que los miembros del WBCSD tienen capacidad para realizar acciones proambientales. También tienen, sin embargo, la capacidad de destruir. "Sería difícil argumentar que los miembros de compañías como Rio Tinto o Texaco están utilizando el conjunto de su 'capacidad' para mejorar la 'sustentabilidad ambiental', sino destruyéndola a grandes tajadas" (The Ecologist 2001). Esto muestra la visión sobre los procesos sociales que comparten los solicitantes, diseñadores y realizadores del ESI.

La misma crítica se extiende a la focalización en efectos e instituciones dentro de límites nacionales y no toma en cuenta que muchos países saltan por encima de restricciones ambientales a través de la utilización del patrimonio natural de otros países o del patrimonio común de la humanidad. Tal es el caso de la pesca, el cambio climático o la destrucción de la capa de ozono. Solo un indicador en veinte intenta medir estos aspectos, por lo que su peso en la cuenta final es de 5% (id.).

Hay indicadores que penalizan directamente a los países pobres, dadas sus características socioeconómicas. La salud ambiental se mide en muertes por enfermedades intestinales o respiratorias, lo que podría ocasionarse por múltiples factores no necesariamente ambientales, por ejemplo la falta de atención a la salud o la falta de agua potable, ya contabilizada en otro indicador e implicando por lo tanto una doble penalización.

El crecimiento poblacional esperado entre 2000 y 2050 se registra en el ESI debido al razonamiento de que a mayor población mayor exigencia ambiental, pero no toma en cuenta la densidad poblacional existente. Un país de población escasa pero de alta fertilidad obtiene un registro peor que otro densamente poblado pero de bajo crecimiento demográfico pese a que en éste el desgaste ambiental puede ser mucho peor, como en algunos países altamente industrializados. Una medida más valiosa hubiera sido la relación entre población y superficie arable. Además, el crecimiento poblacional es la única variable del ESI que toma en cuenta tendencias (id.).

El equipo de The Ecologist - Amigos de la Tierra generó otra clasificación de países tomando varios indicadores "duros" del ESI y dejando de lado los aspectos socioeconómicos y, por supuesto, llegó a resultados muy diferentes: el primer país en la lista resultó ser la República Centro Africana, seguido de Bolivia y Mongolia (The Ecologist 2001). En la versión 2002 del ESI ha habido ciertos cambios metodológicos que parecen tomar en cuenta puntos de vista criticados, pero la concepción de base se mantuvo.

Otro comentario sobre indicadores es que el hecho de adherir a un protocolo internacional —sin fuerza coactiva ni controles estrictos— o aún integrarlo a la legislación nacional, significa más que nada una buena intención política, pero no mucho más. Otro ejemplo discutible es que el hecho de obtener la certificación ISO implica invertir dinero, lo que tal vez muchos pequeños empresarios comprometidos con lo ambiental no crean necesario. Por ejemplo, la mayoría de los agricultores orgánicos de nuestro país difícilmente puedan distraer recursos para este fin. Esto no invalida la elección de estos parámetros para el ESI, pero los debilita.

La misma clasificación de países en "mejores" y "peores" según su grado de desempeño está indicando un camino a seguir. Si se establece que hay "mejores" esos países funcionarán como modelo, como demostración de deseos cumplidos. El "Number 1", lo planteen o no el ESI y el EPI, pasará a ser el espejo mágico donde los demás miren su futuro; los méritos de sus indicadores serán las metas universales. Según ESI 2002 los países mejor ubicados son Finlandia, Noruega, Suecia, Canadá, Suiza… y Uruguay…

La curiosa aparición de Uruguay en lugar tan destacado entre países altamente industrializados y con fama de "limpios" sorprendió a la opinión pública. Los aplausos acallaron en parte la ecuanimidad necesaria para juzgar la distinción. Según un artículo de prensa que recoge opiniones de ambientalistas, el honorífico puesto seis se logró pues Uruguay tiene un bajo nivel de consumo per cápita de recursos naturales, la industrialización es escasa y cuenta con relativa abundancia de agua. Karin Nansen, de REDES - Amigos de la Tierra, declara al periodista que la concepción de sostenibilidad del ESI es problemática y no toma en cuenta la distribución de los recursos; Marcel Achkar, de la Facultad de Ciencias, señala que, por ejemplo, las bajas emisiones de dióxido de carbono se deben a la poca industrialización, no a la existencia de políticas de sustentabilidad (Pierri 2002). Además, Uruguay ha firmado todos los grandes acuerdos internacionales sobre medio ambiente (CEPAL-PNUMA 2001) y cuenta con extendidos servicios de agua potable y saneamiento, lo que rinde dividendos en el ESI.

El manejo que han hecho los medios internacionales de los resultados de esta elaboración académica demuestra el peso del Foro Económico mundial como formador de opinión. Los periodistas, especialmente en la televisión, suelen conformarse con un comunicado de prensa y un comunicado no contempla sutilezas. Por ejemplo, el comunicado de Yale presentando el primer ESI es decididamente triunfalista (Yale 2001). Digamos también que si el Uruguay hubiese aparecido en un modesto lugar, digamos 50 o 60, el interés mediático local hubiese sido mucho menor.

Para la edición 2002, los medios de masas han resaltado con firmeza una de las observaciones de los autores del ESI: el buen desempeño económico no es sinónimo de buen desempeño ambiental. El ejemplo destacado es el de Francia y Bélgica, con similar PBI pero con gran diferencia de rango a favor de Francia. Parece ser un reflejo condicionado por las críticas sobre su proclividad favorecedora de los países ricos, sin que esta haya cambiado.

 

Algunas reflexiones

The Ecologist-Amigos de la Tierra no postulan sus resultados más que como reacción al índice de Davos y como otra lectura posible de indicadores del ESI, pero el hecho de que hayan prescindido de aspectos socioeconómicos de la sustentabilidad nos aporta una visión parcializada.

Ante ésto, nuestra primera reflexión trata de indicadores. ¿Cuál sería la combinación de indicadores socioeconómicos, de manejo ambiental, de diversidad biológica y más aún, que nos diera una medida aceptable de la sustentabilidad? ¿Existirá un modelo único de sustentabilidad? ¿Podrá elegirse un país como ejemplo, de hecho o de derecho? ¿Es posible pensar en la sustentabilidad en términos de país y no regionales?

Probablemente van a aparecer más índices, respaldados por el prestigio académico de grandes centros internacionales o de grupos de investigadores independientes. Atraerán la atención de los medios de masas y serán utilizados como palancas de opinión, pero el problema de medir la sustentabilidad continúa vigente. A lo mejor sería necesario generar una polémica pública sobre el tema en el ámbito nacional que, poco a poco, pudiera llegar a la formulación de un consenso. Sería, por cierto, un proceso explícitamente político y no pretendería más que ponerse de acuerdo sobre qué queremos y hacia adónde vamos, sin hacer cuestión de presentar un modelo al mundo ni elegir ángeles o demonios ambientales.

Otro tema, relacionado con los modelos y las clasificaciones, surge en vista de la próxima Cumbre Rio+10: es el peso político indudable de las conclusiones y recomendaciones de las Naciones Unidas. La Cumbre evaluará el progreso logrado desde Rio, pero también servirá para continuar las negociaciones sobre desarrollo sostenible. En estos diez años se ha profundizado la extensión a toda la Tierra de un modelo de desarrollo determinado por políticas neoliberales y las empresas han desarrollado considerables habilidades de presion "ambientalista".

En el proceso "se las han arreglado para convencer a los gobiernos y a las instituciones internacionales para operar libremente y promover acuerdos de libre comercio que pasan por encima de tratados medioambientales y sociales". Su argumento ha sido que solamente podrían actuar de modo ambientalmente sostenible si se les daba la más amplia libertad. "El cambio en la percepcion de las multinacionales por parte de la ONU, se hizo patente con el cierre de la Comision para las Corporaciones Transnacionales antes de la Cumbre de la Tierra en 1992". Era el único organismo de la ONU que intentaba ejercer cierto control mediante el seguimiento de un código de conducta (A SEED).

Ante Johannesburgo, la principal estrategia empresarial se basa en la creación de la Accion Empresarial para el Desarrollo Sostenible (BASD) en 2001. La BASD se propone influenciar en el proceso de evaluación para demostrar que las actuaciones de sus miembros están en la misma línea que la Conferencia y comparten sus objetivos. Tienen previstos varios eventos, como exposiciones permanentes en la misma sede de la reunión y en la ciudad, dirigidas al público y a las ONG, mostrando proyectos empresariales de desarrollo sustentable en el mundo e intervenciones en aspectos sociales y culturales. El 1 de setiembre será el "Business Day", en el que los líderes empresariales se reunirán con otros líderes de gobierno, ONG y sindicatos, para discutir cuestiones de desarrollo sustentable. Quieren "presentar una visión del papel que desempeñan las empresas en la implementación de las decisiones de la Cumbre, demostrando su compromiso, y subrayar las responsabilidades compartidas con quienes toman las decisiones políticas, líderes de gobierno y otras organizaciones civiles" (BASD 2002).

Esto no es ni malo ni bueno en sí mismo: las transnacionales existen, tienen enorme poder, y la apertura de las reuniones de la ONU a la sociedad civil significó nichos de intervención para las ONG pero también la ocasión de que las presiones de los lobbys empresariales se hagan ahora a la luz del día. Habría un problema si, a diez años de la reunión de Rio, su influencia cada vez mayor en los organismos internacionales lograra imponer un modelo de sustentabilidad diseñado a su gusto.

En ese sentido, los índices ESI y EPI del Foro de Davos —formado por los líderes de las finanzas— jugarán sin duda un papel muy importante. Si bien el objetivo de la conferencia no es la entrega de Óscares de desempeño ambiental, sí lo será para los medios de comunicación, lo que a su vez significará combustible para la maquinaria formadora de opiniones. Sin ánimo de fomentar teorías conspirativas, podemos temer un futuro escenario para las discusiones de sustentabilidad, delineado por la triple alianza ONU - transnacionales - medios de masas. El frente de combate lo establecererá una polémica sobre si se cumplen o no se cumplen las recomendaciones de Johannesburgo, según el modelo de Johannesburgo y las condicionantes de Johannesburgo. Quizás allí se concrete la oficialización del "pensamiento ambiental único" que presentan el ESI y el EPI.

Una alternativa ante este panorama sería seguir elaborando nuestros propios índices de sustentabilidad, nuestros propios controles ciudadanos, nuestra sustentabilidad local, todo desde nuestra propia perspectiva y según nuestras posibilidades. Esta tarea está apenas comenzando.

 

Bibliografía

A SEED. Los grupos de presión empresarial y la Cumbre Mundial de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sostenible. http://www.aseed.net/espanol/uncorporated/basdbroch.htm

BASD 2002 http://www.basd-action.net/about/index.shtml 

CEPAL-PNUMA, 2001. La sostenibilidad del desarrollo en América Latina y el Caribe: desafíos y oportunidades. Conferencia regional de A. Latina y el Caribe preparatoria de la Cumbre Mundial sobre el Desarrollo Sostenible (Johannesburgo, Sudáfrica, 2002). Rio de Janeiro, Brasil, 23 y 24 de octubre de 2001. LC/G.2145 (CONF 90/3). 5 de octubre de 2001.

CGSDI Dashboard en http://esl.jrc.it/dc/cg_straw/ cgtoc.htm

CLAES 2001. Ecología global. Análisis. Nuevo índice de sustentabilidad ambiental mundial. www.ambiental.net/claes

ESI - EPI 2002. Los documentos de ambos índices se hallan en www. ciesin. columbia. edu/ indicators/ ESI.

Funtowicz, S. y Ravetz, J. 2000. La ciencia posnormal. Icaria - Antrazyt, Barcelona.

Pierri, Raúl, 8 de marzo 2002. Uruguay Surprised by High Score on Int'l Ranking http://story.news.yahoo.com/news. Raúl Pierri, http://www.ipsnews.net. Inter Press Service.

The Ecologist, 2001. Date Published: 22/03/2001. www.theecologist.org.

Yale 2001 Yale University Press Release, January 26, 2001

 

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