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El ambientalismo de moda
CAMISETAS ORGÁNICAS Y BOTINES VEGETARIANOS
José Da Cruz
En los países ricos no son novedad, entre nosotros se consumen apenas, pero las prendas de vestir que reclaman para sí la etiqueta de naturales, alternativas o amigas del ambiente aumentan en variedad, técnica e ingenio. Y producen dinero, mucho dinero.
Hablar de ropas alternativas es arriesgarse a terminar en un laberinto. Alternativos eran los trapos viejos con que se vestían hippies o punks antes de que la industria comenzase a producir trapos viejos para las tiendas especializadas en hippies y punks; alternativos eran los pantalones vaqueros rotosos, agujereados y remendados por el desgaste de años de utilización continua hasta que las grandes marcas pasaron a ofrecerlos con desflecamientos y desgarrones cero kilómetro, o la juventud preocupada de no perder el tren compraba una prenda de 100 dólares para meterle de inmediato tijeras y sintonizar con la onda ante la desesperación de los padres. También era alternativo ponerse un gorrito con orejeras tejido por alguna artesana del altiplano andino para salir por la avenida Kurfürstendamm. La pregunta que debemos responder es ¿alternativo a qué cosa? Entonces comprobaremos que la mayoría de lo alternativo conserva el nombre hasta que el pulpo del mercado le echa al cuello uno de sus innumerables brazos y lo transforma en una moda más, que, como tal, pasará.
Otro laberinto es el de las prendas llamadas un poco absurdamente “ecológicas”. Se entiende que caben bajo esta denominación carísimas creaciones de fibras naturales ofrecidas en lujosas boutiques de Buenos Aires y chompas de lana de oveja retorcida a mano por las pescadoras de Chiloé. Aparecen en Italia vestidos hechos con bolsas de plástico y abrigos de algodón cultivado sin agrotóxicos en Egipto, y a ambos ejemplos se los llama sin ningún pudor ecológicos, ya que en un caso se reciclan materiales de desecho y en el otro se evitan los venenos. Sin embargo, ningún fabricante de prendas en lycra, banlon o nylon se atrevería a llamar ecológico a su producto, como sí lo hacen los productores de zapatos y marroquinería sintética propagandeada como “cuero ecológico”.
Orden en el caos
La Unión Europea puede caracterizarse de muchas maneras, pero una de ellas es sin duda la de instancia estandarizadora. Desde la longitud y curvatura de los pepinos hasta el material de las pastillas de acuarelas escolares, todo responde a claras directivas y es resultado de años de negociación por parte de abundantes comités de expertos. Un subproducto del proceso es la generación de una vasta burocracia internacional privilegiada, pero siempre es bueno crear fuentes de trabajo.
Esta burocracia estableció una medida sobre qué puede ser llamado ecológico y por lo tanto lucir el distintivo de la margarita ambiental de la Unión, símbolo de etiquetado ecológico. La construcción de un listado de productos identificados con la margarita no ha cesado de crecer desde 1992, cuando se instituyó. No entraremos a detallarla aquí, pero cubre hoy unos 30 rubros. El sistema de etiquetado ecológico se revisa periódicamente, como es esperable. En cuanto a vestimentas y textiles rige la Decisión de la Comisión Europea 2002/371/CE, que completa y valida resoluciones anteriores de carácter más general; para el calzado están en vigor dos Decisiones, la 2002/231/CE y la 2005/783/CE.
Si usted es productor y quiere que su mercadería –o servicio– lleve esta etiqueta, la tiene que solicitar, pues es voluntaria, y pagar por el trámite. Un organismo independiente analiza si su producto tiene escaso impacto ambiental de acuerdo a criterios transparentes elaborados por representantes de la industria, el comercio, los consumidores y los ambientalistas, y toma en cuenta el ciclo de vida completo del producto, no solo materiales y método de producción. Si la etiqueta se concede, tiene vigencia en todos los países de la Unión y también en Noruega por un período de tres a cinco años.
Los criterios que se deben respetar son requisitos sobre calidad del aire y del agua, la protección del suelo, la reducción de residuos, el ahorro de energía, la gestión de los recursos naturales, la prevención del calentamiento global, la protección de la capa de ozono, la seguridad ambiental, el ruido y la biodiversidad.
Paralelo a este sello hay otros de vigencia nacional o distinciones otorgadas por ambientalistas o empresarios. Por lo tanto, un producto puede enorgullecerse de varias condecoraciones con parafernalia relativa a la naturaleza como imágenes de flores, aves, cascadas, arcos iris, y calificaciones de ambiental, reciclable, ecológico, poco agresivo o biodegradable. Este etiquetado puede ser –y de hecho lo es– un recurso de marketing importante. De ahí que las grandes marcas se preocupen por conseguirlo, ya sea que trabajen con computadoras, escobillones, ropa íntima o lubricantes industriales.
Ecomoda, ecofashion, ecodólares
Tal como muchas películas de Hollywood
nos enseñan, la firma Armani es signo de éxito amoroso y comercial, de estilo y
glamour... Para el vasto mercado de prendas para el tiempo libre, Armani
diseña ahora vaqueros de algodón orgánico. Usted podrá manejar la 4x4 enfundado
en esa deseable prenda, quedar impecable cumpliendo con la conservación
ambiental y sentirse en paz espiritual: Armani lo ayuda a salvar el planeta.
Fibras naturales y materiales reciclados también son moneda corriente en otras
industrias de la moda. Viejos conocidos como Levi Strauss, Gap, Nike o Marks &
Spencer transmiten también en la misma frecuencia y el mercado “alternativo”
crece. Los diseñadores de alta costura se apuntan en la competencia con
creaciones más o menos fantasiosas. Dice una nota de Francesca Colombo publicada
por Tierramérica: “Ponchos hechos con base en fibra de soja, trajes elaborados
con cajas de huevos o pantalones manufacturados a partir de algas son algunos
ejemplos de esta moda alternativa que combina creatividad con materiales
insólitos. Muchos diseñadores reutilizan también vestidos viejos o inservibles
para conservar los recursos naturales. /.../ En Milán, el Instituto Europeo de
Diseño reutiliza materiales y logra crear faldas de piezas de acero, vestidos de
alambres eléctricos o de papel de embalaje y pantalones de metal de bicicletas,
por ejemplo.”
Si eso servirá a un mayor equilibrio en el planeta no lo sabemos; que servirá para ganar dinero no cabe duda. En cualquier momento una gran firma patentará las polleras de follaje de las africanas, los sombreros de paja de arroz de los vietnamitas o nuestras alpargatas de yute. En cierto modo fue lo que hizo un joven inglés en 1990, cuando empezó a producir suelas para zapatos cortando cubiertas viejas de automóvil, tal como hacen muchos pueblos pobres. Hoy tiene un negocio en la ciudad inglesa de Brighton, Vegetarian Shoes, y vende en varios países.
Zapatos Vegetarianos se propagandea con una sonriente vaca con botas, cuenta un artículo de Magdalena Persson de 2004. Lo interesante de esta iniciativa es que no se trata de calzado de material plástico, sino basado en una de las tantas microfibras descubiertas en los últimos años. La idea es que se comporten del mismo modo que el calzado tradicional. Sandalias, zapatos, zapatillas deportivas o botas vegetarianas permiten que el pie respire y son muy apreciados. Algunos modelos siguen aún hoy utilizando suelas recortadas de cubiertas. ¿Cuánto cuestan estas prendas alternativas, se preguntará usted? No mucho más que los zapatos de cuero... en el mercado europeo. Hablando en plata, 150 o 200 dólares, por indicar un valor promedio.
Las vestimentas alternativas son consumo de una elite. Es probable que esta elite crezca, pero para las mayorías la ropa ecológica es una preocupación secundaria o una curiosidad, lejos de su alcance económico. La situación no parece que fuera a variar en los próximos años. Entre las minorías privilegiadas en cambio, mientras su modo de vida es la amenaza ambiental más grave, mucho más que la pobreza, algunos de sus miembros apuestan a un activismo ambiental que suele estar ligado a lo mediático. En la sociedad de hoy, toda expresión tiende a transformarse en show...
Un espectáculo de este tipo tuvo lugar en Los Angeles a fines del año pasado, 2005. Para festejar sus treinta años, la Coalición por el Aire Puro celebró su tercera muestra anual de modas bajo la consigna “El aire puro... siempre está de moda”. El show se desarrolló en el Teatro de la Moda del California Market Center y en él participaron diseñadores y 18 compañías fabricantes de ropa “ecológica”. Las piezas mostradas se remataron y se recibieron donaciones. Hasta aquí nada nuevo en esas galas para recoger dinero, habituales en el American way of living, pero los y las modelos eran senadores nacionales, alcaldes y altos funcionarios del gobierno estatal, que en el pésimo español de la nota consultada llaman “oficiales” como si pertenecieran a fuerzas militares. Joe Lockhart, ex secretario de prensa del presidente Clinton, hizo las presentaciones y comentarios correspondientes. Una de las modelos, funcionaria política local, dijo estar muy contenta de “caminar por la pasarela para limpiar el aire”. No indicó cómo.
Vístase de marihuana
La agencia EFE informó en 2005 que una empresa de la provincia de Jiangsu había presentado en el mercado chino prendas de vestir producidas con fibras mezcladas de maíz y bambú: eran cómodas y suaves, resistían las arrugas y estaban basadas en la polilactida, un material de maíz desarrollado por científicos estadounidenses en la década de 1990. Las telas de polilactida se tiñen fácilmente, resisten al fuego, a los rayos ultravioleta y a los lavados, pero para una tonelada de fibra se necesitan diez de materia prima. Las cadenas de carbono presentes en el maíz lo perfilan como un material muy valioso, pues derivados de este vegetal se utilizan como aislación en naves espaciales, platos y tazas desechables pero comestibles, envases de refrescos rápidamente biodegradables y muchos otros usos. Que a su vez el maíz sea un alimento básico para humanos y animales no facilita las cosas.
Una fibra utilizada para fuertes textiles desde tiempos inmemoriales, pero hoy políticamente incorrecta, es el cáñamo. Por supuesto, hay un cáñamo de uso textil que tiene un muy bajo contenido de cannabinoides y por lo tanto, si alguien intentara fumárselo, probablemente pasaría por una experiencia frustrante. La utilización de esta fibra había caído en desuso pero regresó en pequeña escala. El cáñamo era el material tradicional para velas de navío, por su resistencia al agua, y se ha utilizado también para uniformes militares, ropa de trabajo, sogas, cordeles, bolsas, alfombras y redes. Algunas firmas europeas hacen desde hace unos años ropa de cáñamo reputada como casi indestructible. Es una de las plantas más productivas que se conocen: se utiliza como alimento animal y humano y como combustible, y del aceite extraído de las semillas se hacen pinturas y barnices. El contenido de celulosa del cáñamo es cercano al 70 por ciento y por lo tanto interesa también a la industria papelera.
Caso parecido es el del lino, cuyo cultivo también experimenta un renacer, y hay más ejemplos. Con los descubrimientos de la química orgánica se están tejiendo sedas de soya, telas de bambú, de caucho extraído con métodos sustentables, carbón y diversas maderas. Las fibras tradicionales como la lana y el algodón también se utilizan, pero en el contexto de ropas ecológicas deben ser obtenidas mediante procesos amigables con el ambiente y procesadas con métodos adecuados. Antiguos conocimientos sobre pigmentos naturales de hojas, raíces y tierras de color han reverdecido en las últimas tres décadas y son parte de la ola que estamos comentando.
Mal ambiente
Mezcla de encantamiento ante lo exótico, cursilería, sensacionalismo y un optimismo exitista predominan en los artículos de prensa sobre esta moda, pero los críticos la interpretan consumismo verde: poco cambiará al planeta. Las aspiraciones de cuidar el ambiente utilizando ropa alternativa caen muy fácilmente en contradicción con la realidad. Nada indica que los productos ecológicos de las grandes empresas no sean producidos en algún país pobre mediante el trabajo de niños semiesclavos, por ejemplo. Tampoco se liga la comercialización de ropa alternativa a canales de comercio justo o similares. Los shows de “modelado” a cargo de personalidades del poder y los medios, como el que comentábamos, poco aportan a los cambios o, aunque fuere, a las modestísimas Metas del Milenio de las Naciones Unidas.
Tampoco garantiza gran cosa el etiquetado de la Unión Europea, pues si bien se respetan las reglas, un productor algo inescrupuloso puede sabotear el objetivo utilizando una denominación propia que se le parezca, por ejemplo “productos amigos del ambiente", sin ninguna garantía.
Además, coexisten varios sistemas de certificación ambiental, algunos privados, otros nacionales, otros internacionales y otros inventados por el mismo fabricante como propaganda. Muchos distintivos pueden aparecer en el mismo envase, hasta la confusión total. Por otra parte, la certificación de la Unión es voluntaria; no puede exigirse como requisito para ingresar a un mercado y cubre en realidad un pequeño porcentaje de los productos en oferta.
Señalan los críticos que, puesto que cualquier mercancía que no sea alimento, bebida o producto farmacéutico puede aspirar a la etiqueta ecológica, esta podría aplicarse a la gasolina sin plomo, la energía nuclear o la carpintería de obra en poliuretano, pese a los riesgos ambientales que conllevan la producción y los materiales de esos artículos. La etiqueta europea mide en realidad daño menor que y la peligrosidad ambiental de los productos nombrados sería contrapuesta a ejemplos aún peores.
Así sucede en muchos casos. Un detergente con menor contenido de fosfatos que otros, pese a que de todos modos es dificultosa su degradación en la naturaleza, sería un caso de menos que..., y obtendría la etiqueta ecológica. También la obtendría una máquina lavavajillas que consumiese 95 litros de agua en vez de 100 en cada lavado, pues también sería menos que..., aunque el ahorro sea escaso y la contaminación de los detergentes la misma. Como dice un crítico, el etiquetado incurre en licencia poética pues califica propiedades parciales y mínimas como si correspondieran al concepto, más o menos absoluto, de ecológico.
Sin que sea necesario solicitar su etiquetado, este artículo que usted lee es un verdadero ejemplo de producto alternativo que apunta al cuidado del ambiente: si usted lo mete a la papelera de reciclaje no dejará huella ecológica alguna. Siempre se puede destacar alguna virtud...
J. da Cruz es geógrafo y analista de información en CLAES. Publicado el 29 de
noviembre de 2006.
Se permite la reproducción siempre que se cite la fuente.
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