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Columna de Eduardo Gudynas en
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LOS DESAFIOS DE ALCA
Eduardo Gudynas
Las negociaciones para constituir un Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA) se iniciaron en 1994 bajo el impulso de los Estados Unidos. Es un proyecto donde participa ese país, junto a Canadá y las demás naciones de Latinoamérica y el Caribe, a excepción de Cuba. En caso de concretarse será el bloque comercial más grande del mundo, con más de 800 millones de personas.
Muchos interesados en temas ecológicos supondrán que un acuerdo comercial tiene poco que ver con los problemas ambientales continentales. La realidad es otra: buena parte de los impactos ambientales se deben a la extracción de recursos naturales para la exportación. Alrededor del 75% de las ventas Latinoamericanas son recursos naturales sin procesar o con poco procesamiento, tales como minerales, petróleo, y productos agroalimentarios. A su vez, esas exportaciones representan un promedio del 20% del PBI regional, dejando en claro el peso determinante que tienen dentro de las economías nacionales.
Esta problemática ambiental se encuentra inmersa en un fuerte debate comercial, donde
muchas naciones Latinoamericanas requieren el desmantelamiento del proteccionismo de
EE.UU. y Canadá para aumentar sus ventas agrícolas, a la vez que se resisten a incluir
cualquier medida ambiental en los acuerdos. A su vez, Washington presiona por extender las
reglas de comercio por dos vías: la primera es considerar mercancías muchos elementos
que hasta hace poco no lo eran, y la segunda, por aplicarles reglas comerciales. Los casos
más claro se refieren al agua (privatización de los recursos hídricos) y la creación
de servicios ambientales (por ejemplo, compra y venta de sumideros de carbono).
En su actual configuración el ALCA está claramente inspirada en el Tratado de Libre
Comercio de América del Norte (TLCAN) que vincula a EE.UU. con Canadá y México. La
iniciativa se restringe al plano económico, y más específicamente comercial, sin
contrapesos políticos sustantivos. Por lo tanto el ALCA aparece como un acuerdo
asimétrico, donde las naciones de América Latina y el Caribe deberán reducir sus
aranceles y protecciones, de hecho ya muy bajas, sin saberse cuáles serán las
contrapartidas de EE UU y Canadá en rubros clave como el agroalimentario. La misma
asimetría se repite en otras cuestiones, como la pretensión de Washington de mantener
sus mecanismos de antidumping o de expandir sus exigencias en patentes.
El ALCA tal como se propone es además un proceso de articulación entre países que
genera subordinación. No tiene como contrabalance un proceso de integración en otras
esferas, como la política, cultural, etc. El caso del TLCAN es igualmente ilustrativo:
allí los ciudadanos mexicanos siguen necesitando pasaporte y visa para viajar a los
EE.UU., y se carece de una política común productiva acordada entre los países.
Finalmente, todo parece indicar que siguiendo el ejemplo del TLCAN, se transferirán
enormes capacidades de acción a las empresas internacionales y su flujo de capitales,
incluyendo serios recortes a la soberanía de cada país para regularlas. Aquí aparece el
problema más urticante, ya que en sentido estricto no se refiere a un país que se impone
sobre otro (asumir que es una imposición de EE.UU. sobre las naciones Latinoamericanas
sería una simplificación), sino que es algo más profundo: se impone una nueva manera de
generar reglas y normas, que no tiene necesariamente una ubicación geográfica. Esta
nueva racionalidad operará sobre todas las naciones, y eso hace que también EE.UU. y sus
ciudadanos la sufrirán. Esto se debe a que las empresas transnacionales quedan
desvinculadas de sus países de origen, y ellas pueden demandar no sólo a otras empresas,
sino a los Estados. Por lo tanto emerge un serio problema de erosión del Estado-nación.
Las consecuencias sobre las políticas ambientales son enormes. Los ecosistemas, su
fauna y flora, y hasta los flujos ecológicos, pasan a ser considerados mercancías, donde
operarán las reglas comerciales, y para colmo esos procedimientos quedarán condicionados
por las acciones de empresas extranjeras. Varios casos que han tenido lugar en el TLCAN
alertan sobre esas implicancias; uno de los más conocidos se debió a una demanda de una
empresa de EE.UU. contra el gobierno de México una vez que éste impidió habilitar una
planta de tratamiento de residuos en Potosí. Ese y otros casos se dirimen por comités de
arbitraje comercial, sin ninguna intervención de las autoridades ambientales o de los
poderes judiciales nacionales. Incluso pueden ir más allá de la soberanía nacional:
Ethyl Corp de EE.UU. demandó al gobierno canadiense rechazando la prohibición sancionada
por su parlamento de usar un aditivo de la gasolina que era cancerígeno. La empresa ganó
el caso, recibió 13 millones de dólares, y Canadá tuvo que sufrir la humillación
de emitir un comunicado público indicando que la sustancia no era riesgosa, debiendo
reformar su propia normativa nacional.
Estos y otros ejemplos muestran que el ALCA es mucho más que un acuerdo comercial, y
determinará no sólo nuestras políticas ambientales, sino que también afectará nuestra
propia soberanía.
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