Columna de Eduardo Gudynas en
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ARGENTINA NEGANDOSE A LA SUSTENTABILIDAD
Eduardo Gudynas
Durante varios años
Argentina fue presentada, junto a Chile, como ejemplo de los beneficios de un estilo de
desarrollo basado en un mercado liberalizado con escasa presencia estatal. En Buenos Aires
se repetía que el país estaba entrando al Primer Mundo, había un alto ritmo de
crecimiento económico, llegaban masivamente los capitales extranjeros y emergían nuevas
exportaciones como el petróleo y la soja transgénica. Durante la llamada "fiesta
menemista" los grandes centros comerciales reemplazaron a las pequeñas tiendas de
barrio, los autos más modernos invadieron las calles y cayó el transporte público. Hoy,
tras la crisis institucional de diciembre de 2001, se intenta infructuosamente frenar los
problemas mientras los indicadores económicos se desploman, se mantiene el peso de una
enorme deuda externa y la pobreza se dispara hasta haber hoy más de 20 millones de
personas sumidas en ella. De disfrutar del primer puesto en cuanto a ingreso per cápita
en la región, Argentina ha pasado al décimo lugar.
La terrible situación de
ese país ha venido a mostrar que es una falacia que el crecimiento económico baste para
fortalecer la gestión ambiental y que los progresos económicos desencadenen un
"goteo" de recursos para dicha gestión. Ni siquiera en las épocas de mayor
crecimiento económico en Argentina se lograron mejoras en la normativa ambiental (por
ejemplo, no se aprobó una ley federal de evaluación del impacto ambiental) ni en la
gestión (es el caso de los terribles problemas de contaminación por efluentes
industriales que no se solucionaron); y, para colmo de males, el marco institucional fue
golpeado por denuncias de corrupción.
Entretanto, las reformas de
mercado volcaron la estrategia de desarrollo del país hacia la exportación de recursos
naturales -agrícolas, ganaderos, forestales, mineros y petróleo y gas natural. La base
industrial argentina fue destruida y las exportaciones se "reprimarizaron"
(llegando al orden del 60% del total exportado). Se vendían recursos naturales con poco o
ningún procesamiento y poco valor agregado. En las ciudades el consumo material crecía
con alta generación de desperdicios. La obsesión con las metas económicas hacía que se
combatiera las medidas ambientales en tanto se las veía como trabas para mantener las
exportaciones. Justamente por esas razones el gobierno argentino impidió la aprobación
de un protocolo ambiental en el Mercosur y se alió a Estados Unidos en la promoción del
libre comercio internacional de transgénicos. Este tipo de posturas, que fueron
defendidas en la administración de Carlos Menem, demuestran que en los hechos las
estrategias neoliberales reducen los aspectos sociales y ambientales a sus metas
económicas. Donde se insinuaban los conflictos entre rentabilidad y defensa del ambiente
triunfaba la contabilidad.
El posterior gobierno de De
la Rúa se orientó similarmente y heredó algo que es insólito en América Latina: se
fragmentó la agencia gubernamental en ambiente y recursos naturales, dándose un paso
atrás en el marco institucional (en nuestro continente siempre se ha avanzado en la
institucionalidad ambiental, y no existían antecedentes de un cambio en reversa). Han ya
aparecido quienes intentan aprovechar la situación actual ofreciendo emprender
actividades económicas de altísimo impacto ambiental a cambio de un poco de dinero. Se
vuelve a discutir importar basuras urbanas y construir un depósito de residuos nucleares
en la Patagonia. En el contexto presente, con la herencia de una institucionalidad
ambiental rota, un marco legal erosionado y el fuerte descrédito de los líderes
políticos, se hace difícil discutir la temática ambiental, ya que lo urgente es el
alimento y la vivienda.
Argentina produce alimentos
que permitirían nutrir a más del doble de su población pero la estrategia actual de
desarrollo lo impide. Ante esto, es la sustentabilidad -en tanto orientación en la
gestión de la economía, lo social y el ambiente- la que muestra las mejores opciones de
salida de la crisis. La sustentabilidad parte de que el primer compromiso es con la gente
y su entorno y no con los mercados internacionales y, por lo tanto, la producción
agropecuaria debe orientarse a aquellos fines. Ése es el camino de la sustentabilidad y
no seguirlo significa condenar a millones a la pobreza y a la naturaleza a su
destrucción.
AmbienTico, Costa Rica, No 107, p 16, agosto 2002.
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