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VUELVEN LOS DEFENSORES DEL DDT
Eduardo Gudynas
En los últimos tiempos ha
tenido lugar una curiosa ofensiva en defensa del DDT, un insecticida muy tóxico combatido
por el ambientalismo desde los años sesenta. Meses atrás, en la reunión del Grupo de
Cairns, que reúne a los grandes países exportadores agrícolas (donde participa Costa
Rica), J. Morris, del conservador Institute of Economic Affairs de Inglaterra, cuestionaba
los tratados ambientales que impiden usar el DDT. Más recientemente, en varios
periódicos latinoamericanos se publicó un articulo de Richard Tren y Roger Bate donde se
denuncia una "mortífera campaña de los verdes" contra el DDT, concibiendo que
esa sustancia es "esencial" para los países subdesarrollados. Estos autores se
expresan desde el International Policy Network, un instituto de investigación y opinión
inglés, fuerte promotor de ideas neoliberales que, además, cuenta con una pequeña
agencia de noticias en América Latina (Aipe).
Recordemos que el DDT es un
insecticida organoclorado que fue usado durante décadas para luchar contra los insectos
en la agricultura y contra transmisores de enfermedades como la fiebre amarilla y la
malaria. Una temprana alerta contra sus efectos negativos fue el famoso libro de Rachel
Carlson (La primavera silenciosa) sobre una próxima "primavera silenciosa"
debido a la muerte de todas las aves causada por esos agrotóxicos.
Hoy se sabe que el DDT es
tóxico para el sistema nervioso y que en casos de intoxicación genera síntomas como
temblores, convulsiones y hasta la muerte por paro cardíaco o respiratorio. También
existen serias sospechas de que es cancerígeno. Es muy persistente en el ambiente, donde
contamina diferentes especies y, desde allí, queda enquistado en la cadena alimentaria,
concentrándose en cada uno de sus pasos. Justamente los primeras alertas en la década de
los cincuenta se dieron ante miles de aves que aparecían contaminadas debido a que se
alimentaban de insectos también contaminados. Enseguida comenzó a detectarse DDT en
frutas y verduras, peces, aves de corral, en la carne y leche vacunas y en el ser humano
-las madres lo transmitían a sus hijos por la leche materna.
Sus graves efectos llevaron
a que hace treinta años Estados Unidos prohibiera su uso; en 1990 se dio un paso más
calificándolo como contaminante peligroso del aire. Muchos países siguieron el mismo
camino excluyendo su uso (prohibido en Costa Rica desde 1988 para el uso agrícola). A su
peligrosidad se sumó, además, la evidencia de la caída de su efectividad, ya que
surgieron variedades de mosquitos transmisores de enfermedades que eran resistentes al
DDT. Más recientemente, este tóxico se agregó a la lista de sustancias contaminantes
persistentes de la Convención de Estocolmo (firmada por varios países latinoamericanos).
No es un hecho menor que
desde ciertos centros y prensa se difundan ideas a favor del DDT. En primer lugar, la
afirmación de Tren y Bate de que "los ambientalistas jamás permiten que la verdad o
la ciencia interfiera con sus alarmantes campañas" es falsa. En realidad, en el caso
del DDT ha sido justamente la evidencia científica la que ha advertido sobre su
peligrosidad. En segundo lugar, es necesario alertar que la defensa de ese agrotóxico
implica considerar la salud y la calidad ambiental como temas secundarios: hay quienes
sostienen que en los países más pobres sí se justifica usar DDT en los cultivos y en el
combate de la malaria y la fiebre amarilla, e incluso se le defiende señalando su
potencial contribución a la recuperación económica de las empresas de agroquímicos
-las preocupaciones por el ambiente y la salud, según ese razonamiento, serían un lujo
únicamente aceptable en las naciones ricas.
La experiencia
latinoamericana, donde ya hay probadas otra vías de menor impacto para controlar los
vectores de enfermedades y para enfrentar las plagas de los cultivos, demuestra que
aquella perspectiva es muy peligrosa (muchos lugares todavía viven las consecuencias de
haber desatendido la calidad ambiental y la salud: hay personas contaminadas y depósitos
de residuos que nadie quiere). La promoción de este tóxico es además incompatible con
el esfuerzo de organizaciones campesinas y agroempresariales que exportan productos
agrícolas naturales, las cuales, si se atendiera a los defensores del DDT, podrían
perderse, porque chocarían con las barreras sanitarias de otras naciones.
AmbienTico, Costa Rica, No 106, p. 3, julio 2002.
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