Columna de Eduardo Gudynas en

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ANALISIS 

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  TRANSGENICOS: INCERTIDUMBRE y RIESGO

 

Eduardo Gudynas  

En el debate sobre los organismos modificados genéticamente (OGM) hay dos posiciones enfrentadas: los defensores de los cultivos transgénicos insisten en que son inofensivos para la salud humana, que ofrecen mejores rendimientos agrícolas y que son la respuesta al hambre en el mundo; los detractores, por su parte, alertan sobre los impactos en el ambiente y la salud, observan que sus cualidades agronómicas son inciertas y recuerdan que el hambre se debe sobre todo a condiciones económicas.

La irreconciliabilidad de esas posiciones descansa en un conocimiento muy limitado de los OGM. Especialmente en América Latina, los estudios sobre transgénicos son escasos, y los intentos de extrapolar los análisis realizados en los países industrializados a las condiciones del trópico son indefendibles. Para los complejos ecosistemas tropicales se requiere nuevas evaluaciones. Por ejemplo, se debería estudiar cada tipo de maíz Bt (que produce su propia toxina contra insectos) en cada ecosistema neotropical, evaluando las respuestas de cada especie de insecto local que interactúa con el cultivo, para enseguida volver a repetir todos los estudios para otra variedad de transgénico (igual debiera procederse respecto de la salud humana).

En estas situaciones las incertidumbres son enormes y están determinadas por la complejidad de los ecosistemas. Y a mayores profundidad y detalle de los estudios, mayores costos; por ejemplo: un estudio detallado de los impactos de liberación de un cultivo sobre un ecosistema extremadamente simple, que tuviera 25 especies de mamíferos, 100 de aves, 100 de anfibios y reptiles, 100 de peces y 2.000 de invertebrados, costaría unos $400 millones si se considerara la situación de cada una de esas especies. En EU el costo de las evaluaciones, especialmente sobre la salud humana, trepan a los millones de dólares en la actualidad.

Pero a pesar de los estudios posibles nunca podremos estar seguros que los OGM sean completamente inofensivos. Siempre existirá un remanente de incertidumbre, y este aspecto debiera ser el centro de la discusión: no es posible tener certeza frente a los transgénicos ya que siempre existe un riesgo de impactos ambientales o sanitarios, riesgo que es enorme en la dimensión ecológica, especialmente en el caso de cruzamiento de los atributos genéticos con variedades locales o salvajes. Por ejemplo, si el atributo de generar toxinas Bt se expande a las variedades locales o silvestres de maíz, esa condición genética podría quedar fijada para siempre. Trátase de cambios que se mantendrían durante miles de años. Incluso en el caso de que se defienda que los riesgos son bajos, por razón de que un accidente raramente ocurrirá, sus consecuencias podrían ser enormes. Es justamente en ese eje de incertidumbre y riesgo donde juegan las empresas transnacionales que promueven los OGM: transfieren los riesgos a las poblaciones locales y los gobiernos. Cuando suceda un accidente, la corporación que promueve un cultivo transgénico a lo sumo retirará la variedad del mercado y perderá su inversión en investigación y desarrollo, pero serán los campesinos locales y los gobiernos municipales o nacionales los que deberán lidiar con los impactos ambientales o sanitarios.

No existen hasta ahora mecanismos de responsabilidad que constriñan a las empresas vendedoras de esas semillas a asumir los posibles efectos negativos de los OGM, y ellas no lo hacen precisamente escudadas en un discurso pretendidamente científico sobre la certeza de su inocuidad. Con ello obligan a las organizaciones ciudadanas a tener que demostrar que son potencialmente peligrosos. Han logrado revertir la carga de la prueba y ahora son los vecinos quienes deben defenderse de los transgénicos demostrando sus potenciales impactos.

Entretanto, las empresas y muchos laboratorios universitarios mostrarán a sus expertos (?) insistiendo en sus posiciones científicas (?), las cuales afirman la certeza (?) de las cualidades positivas de esos cultivos. Frente a ellos, las organizaciones ciudadanas son acusadas de ignorantes, y se establece una relación jerárquica donde el conocimiento experto aplasta al saber ciudadano. Pero debe reconocerse que la ausencia de dudas de los expertos es lo que realmente los aleja de una aproximación científica verdadera, ya que en ciencia la duda es una regla metodológica constante. Nuevamente aparece la incertidumbre como el aspecto esencial del problema, y debieran ser los científicos, junto a las organizaciones ciudadanas, quienes una y otra vez cuestionaran los transgénicos.

 

AmbienTico, Costa Rica, No 110, p 3, noviembre 2002.

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