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El ataque de Vargas Llosa al pasto, el mosquito y las utopías
Eduardo Gudynas
En su más reciente columna de opinión,
el escritor peruano Mario Vargas Llosa carga contra los ambientalistas. Reconoce
que algo bueno dejarán, pero que al fin de cuentas representan otra utopía, y
“como todas las utopías de la historia, terminará también hecha pedazos”.
Esta declaración anticipada de la
muerte del pensamiento verde es la principal conclusión de la visita de Vargas
Llosa a las áreas protegidas que Douglas Thompkins y su esposa promueven desde
su fundación para la “ecología profunda” (Deep Ecology Foundation). Esta
pareja de excéntricos millonarios vendieron buena parte de sus empresas y
pertenencias, y se dedicaron a comprar tierras para convertirlas en áreas
protegidas, especialmente en el sur de Chile y Argentina. Si bien la promoción
que hace Thompkins de grandes áreas protegidas ha generado una buena
controversia en Chile, el artículo de Vargas Llosa va más allá de esos hechos
para alternar algunas burlas sobre el ambientalismo con una crítica que intenta
vaciarlo de contenido. Pero en realidad lo que se revela es, en primer lugar, a
una persona que opina sobre propuestas que no conoce en detalle, y en segundo
lugar, a un escritor que ha dejado de soñar.
El escritor peruano afirma que el
discurso ambiental es atractivo para los jóvenes ya que nacieron “en medio
del gran naufragio de las viejas utopías colectivistas y autoritarias”,
brindando una “fantasía verde, generosa”, que en forma simplista Vargas
Llosa retrata como basada en “pequeñas comunas entrañables y fraternas”,
al servicio del “hermano puma y del hermano pez y de la hermana tarántula”.
Reducir toda la discusión sobre los temas de ambiente y desarrollo a una mera
fantasía sólo deja en evidencia la ignorancia sobre esos temas, y cierta
haraganería para escarbar un poco más sobre los importantes debates que
actualmente involucran a gobiernos, movimientos ciudadanos, empresas y agencias
de las Naciones Unidas. Apenas como ejemplo, la aplicación de un protocolo
mundial para reducir las emisiones de gases contaminantes afecta numerosos
sectores industriales, los servicios de transporte y hasta las estrategias de
expansión agropecuaria. La misma complejidad se repite en otros temas como la
situación ambiental de las ciudades, la proliferación de desechos tóxicos o
la extinción de especies silvestres. Los parques nacionales y áreas
protegidas, que el artículo minimiza, son herramientas importantes para detener
en algunos sitios el avance de la destrucción ambiental así como para
ejemplificar modos alternativos en el uso de los recursos naturales.
Tampoco puede quedar sin respuesta el
empequeñecimiento que hace Vargas Llosa de los llamados a un “hermano puma”
o “hermano pez”, ya que esos calificativos inmediatamente remiten al
frondoso debate sobre la ética de la relación del ser humano con la
Naturaleza. Pero además, el apelativo de “hermano” aplicado a otros
animales y plantas tiene una historia que llega a Francisco de Asís en el
medioevo, y que está en el centro de los múltiples intentos de tender puentes
entre el pensamiento religioso y los dramas ambientales.
Vargas Llosa se confiesa “urbano hasta
la médula, amante del asfalto y el acero, alérgico al pasto, al mosquito y a
todo lo gregario”, y parecería que todos los demás deberíamos tener los
mismos sentimientos. Pero en realidad muchas otras personas disfrutan de la
Naturaleza, consideran que debe ser protegida, donde los espacios
“gregarios”, o mejor dicho espacios colectivos, son el campo ideal para
luchar por otra relación con el entorno.
Vargas Llosa ha insistido durante años
en reducir el concepto “utopía” a expresiones negativas. Allí donde
encuentra una propuesta de futuro posible que le disgusta, enseguida la define
como una “utopía” y por lo tanto es peligrosa, potencialmente autoritaria y
debe ser rechazada; sin embargo, sus propios sueños de globalización
financiera y capitalismo liberal no reciben ese epitafio, y por lo tanto los
defiende con ahínco revistiéndolo de todos los aspectos positivos imaginables.
De esa manera, el escritor peruano usa
la definición de “utopía” según le conviene. No profundiza entonces en
las relaciones económicas y productivas actuales, y sus fundamentos éticos,
como la apropiación, la dominación o el materialismo, que están en el centro
de la crisis ambiental. Vargas Llosa es incapaz de comprender esa relación ya
que considera que ese tipo de desarrollo es valioso en sí mismo; por cierto que
reconoce problemas contemporáneos como el autoritarismo o la pobreza, pero esas
dificultades no se deben a limitaciones o contradicciones inherentes a la marcha
del desarrollo actual, sino a sus malas aplicaciones. Son apenas epifenómenos
que pueden arreglarse y que no afectan su fe en el progreso. En su artículo esa
postura es transparente ya que afirma que “la inevitable pulverización de las
fronteras y las mezclas consiguientes –la odiada globalización- es lo mejor
que le ha pasado a la humanidad ...”. Es que para el escritor peruano la
globalización es buena en sí misma, olvidando todos sus aspectos negativos,
incluyendo los ambientales. Aunque no lo reconozca, ese futuro de “pulverización
global” es la utopía que defiende Vargas Llosa.
Está claro que buena parte de las
posiciones ambientalistas ponen en tela de juicio la idea de desarrollo y de política que
ha defendido Vargas Llosa en las últimas décadas. No puede decir que todos los
reclamos ambientales sean descabellados (sería de muy mal gusto en los
ambientes europeos donde actualmente se mueve el escritor), y por eso admite que
podrán dejar alguna herencia positiva. Pero más allá de sus matices, su visión
cierra las puertas a toda alternativa posible.
Como resumen y cierre contundente,
Vargas Llosa dice en su artículo que “el puma es un salvaje depredador. Como
el ser humano”. Allí está su confesión íntima: el ser humano es un
salvaje, y es un depredador. Si esa sentencia fuera cierta, entonces todavía más
se debería insistir en la creación de una nueva ética de relaciones entre los
humanos y de ellos con la naturaleza –una posición que como vimos arriba el
escritor rechaza, y que por lo tanto cierra muchas puertas a que, siguiendo las
ideas de Vargas Llosa, los humanos puedan salir de su estado “salvaje” y
“carnicero”.
Pero Vargas Llosa está equivocado: el
ser humano no es como el puma, y por eso puede remontar su condición de salvaje
depredador. En ese esfuerzo los seres humanos han hecho muchas cosas, entre
ellas soñar con relaciones solidarias, con mantener las aguas y el aire limpio,
con lograr que no se extingan ni grandes ni pequeños animales, y con que
nuestros nietos puedan disfrutar de los paisajes naturales de América Latina.
Para Vargas Llosa esos sueños son parte de una estéril utopía. En realidad
eso no es un esfuerzo inútil, sino que simplemente Vargas Llosa ya no los
comprende porque ha dejado de soñar.
E. Gudynas es investigador en el Centro Latino Americano de Ecología Social (CLAES). Publicado el 28 de marzo de 2005. Se permite la reproducción siempre que se cite la fuente.
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