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El ambiente primero

DESARROLLO SIN DESCUENTOS

 

Gerardo Honty

 

El ministro de ambiente del futuro gobierno de Vázquez entiende, al igual que el primer ministro de esta cartera durante el gobierno de Batlle, que el desarrollo está antes que el ambiente .

 

En un discurso realizado ante decenas de personas vinculadas a los temas ambientales, durante la presentación del informe “Geo Montevideo”, el arquitecto Mariano Arana, futuro ministro de Vivienda, Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente, expresó similar concepto al que expresara su ya antiguo predecesor, el ingeniero Carlos Cat, en el momento de asumir su cargo. Ambos sostienen la idea de que antes que la solución de los problemas ambientales, están “los problemas de la gente”: el trabajo, el salario, la vivienda, la salud, todo lo cual vendrá de la mano del crecimiento económico y la inversión.

Así lo dio a entender Arana cuando expresó que para lograr estos objetivos habrá que “evitar los fundamentalismos”, pues el hombre ha venido modificando la naturaleza desde mucho tiempo atrás y si no lo hubiera hecho ni siquiera habría existido la agricultura. También al igual que Cat, Arana olvida que él será ministro de medio ambiente, no de agricultura, no de trabajo, no de desarrollo, no de ganadería o industria. Su misión es la protección del ambiente, no otra cosa.

Si bien el discurso de Arana es menos directo que lo que fue el de Cat en su momento, no hay dos lecturas sobre el significado del eufemismo “evitar los fundamentalismos” a la hora de decidirse por un proyecto que conlleve riesgos ambientales. Desde hace 40 años hay trabajos académicos y análisis de casos que demuestran el profundo error de anteponer desarrollo a ambiente. Si a la vez que se procura el crecimiento económico no se cuidan los recursos y funciones ambientales el crecimiento es una mera fantasía, pues las pérdidas de la riqueza y los gastos de reparación ambiental son mayores que el crecimiento del PBI. La base de toda producción son los recursos naturales.

Pero más allá de esta fuerte razón académica que demuestra el grave error del punto de partida, hay razones de peso evidente que muestran que la primera política social -y el Encuentro Progresista-Frente Amplio (EP-FA) se jacta de la prevalencia que este tema tiene para su partido- es la defensa del ambiente. Porque los más castigados cuando hay deterioro o catástrofes ambientales son los más pobres. Los ejemplos sobran.

Aguas turbias

Los últimos tramos de los arroyos que atraviesan Montevideo (básicamente: Miguelete, Pantanoso y Carrasco) están -desde hace décadas- muertos y poluidos en niveles que hacen absolutamente insalubre la convivencia con sus aromas, líquidos contaminados, agentes patógenos y metales pesados. Algunos de los principales orígenes de toda esta contaminación son los emprendimientos productivos que durante la segunda mitad del siglo pasado se instalaron en sus márgenes. Nuestros mayores cuentan que los habitantes de las cercanías de estos cauces solían bañarse, pescar y pasear sin temor y con gran placer en sus orillas.

Las políticas desarrollistas de la época, que por falta de evidencias y estudios aceptados no consideraban los impactos ambientales de sus medidas,  causaron un daño irreparable (o muy costoso de reparar como muestra la propia administración de Arana) a los cursos de agua del departamento.

¿Quiénes son los que más sufren los impactos del desarrollo de las fábricas a las orillas de los arroyos? Los miles de montevideanos de la más humilde condición que se hacinan en viviendas muy precarias, que cohabitan con varios de los contaminantes más insalubres y dañinos que puedan encontrarse en un curso de agua. Éstos ya no pueden usufructuar el único bien del que podrían haber disfrutado si hubieran existido políticas de protección ambiental en aquellos años. Obviamente no podemos culpar (totalmente) a los actores políticos de aquella época, pues la ecología y su relación con la calidad de vida y la economía no estaban estudiadas. Pero hoy hemos avanzado notablemente: tanto en el conocimiento como en la experiencia práctica de la relación economía/ambiente como para seguir haciendo la misma barbaridad. Quienes miren con ojos nuevos la condición de vida de los uruguayos que viven al borde del Pantanoso, el Miguelete o el Carrasco, verán cuánto hubiera aportado a la calidad de vida y al “desarrollo” la protección de la calidad de esos cursos de agua, donde los niños más humildes juegan y se bañan en medio de la inmundicia.

Aire que mata

Uno de los servicios públicos que tienen un impacto alto en la economía y calidad de vida de las poblaciones urbanas es el transporte. En Montevideo se ha avanzado poco en hacer del transporte un servicio público equitativo y accesible a todos los sectores. En primer lugar porque el espacio urbano ha privilegiado el automóvil por sobre otros medios de transporte. No hay sendas para ómnibus que mejoren la desastrosa performance de los 16 quilómetros por hora del transporte colectivo; no hay sendas para bicicletas que faciliten el traslado de los miles de ciclistas que circulan hoy por la ciudad; los automovilistas causan la mitad de la contaminación urbana pero sólo trasladan al 8 por ciento de la población, entre otros temas.

La contaminación aérea provocada por el transporte es un problema enorme en casi todas las ciudades del mundo. La relación entre el aumento en el número de vehículos en circulación y las enfermedades (y muertes) por causas respiratorias y cardiovasculares, está más que documentada. El incremento de los costos (disminución del PBI) asociado con este aumento de vehículos en las ciudades también está abundantemente demostrado, incluso en nuestro país. En Montevideo la particular situación geográfica y climática hace que no tengamos grandes problemas de contaminación “generalizada”, como pasa en San Pablo o Santiago. Los regímenes de presión atmosférica, los vientos, la llanura, hacen que los gases se dispersen en un período de tiempo breve. Pero  la contaminación “a boca de escape”, es decir, aquella que uno sufre en la vereda en varios de los puntos neurálgicos del tránsito capitalino, provoca iguales daños en la salud.

¿Quiénes son los que más sufren la contaminación aérea provocada por el transporte en Montevideo? Los sectores más pobres que viven o trabajan en la calle (mendigos, limpiadores de vidrios y vendedores ambulantes), los ciclistas y todos los que están expuestos 24 horas al día a los gases contaminantes de los escapes automotores.

Una política ambiental aplicada al sector transporte trataría de disminuir el número de automóviles particulares, mejorar el sistema colectivo y privilegiar medios no contaminantes como la bicicleta. Esta medida ambiental mejoraría la calidad de vida y la salud de los más pobres y aumentaría su “productividad” (pues gastaría menos tiempo y plata en transporte). Es decir, tendríamos más “desarrollo” a través de una política ambiental.
 

Veneno cae del cielo

Para dar un ejemplo del sector rural hay que abordar los agroquímicos utilizados en la agricultura. También desde hace 40 años se sabe que el uso de pesticidas y fertilizantes químicos tiene un importante impacto en la salud y los ecosistemas. Por supuesto que también en Uruguay hay estudios sobre esto.

Cualquiera que visite las zonas de producción agrícola extensiva con uso intensivo de agroquímicos se encontrará con el mismo panorama: el cáncer, las enfermedades respiratorias y del sistema nervioso central crecen a la par que la productividad de los campos. La experiencia pasada muestra que este crecimiento es también temporal: llega un momento en que la tierra se vuelve improductiva y los costos de recuperarla son mayores que todas las ganancias anteriores. Los dueños de las tierras se van con su ganancia a otro rubro o sector y queda la tierra seca y la gente pobre, enferma y -en muchos casos- loca.

¿Quiénes son los que más sufren los impactos del “desarrollo” agrícola basado en el uso de agrotóxicos? Los trabajadores rurales que en el tractor o con la mochila al hombro diseminan tanto en la tierra como en su propia piel y pulmones los venenos agrícolas. O los habitantes de los pueblos y parajes que son “regados” por las avionetas que descargan los plaguicidas.

Una política ambiental en el sector agropecuario desarrollaría una producción orgánica sin contaminantes químicos, que es uno de los sectores de la economía que más crece en el mundo y que suma siempre al pbi sin restar nada. Cada peón rural enfermo, cada pedazo de tierra que se vuelve improductiva son una resta que hay que hacerle a la cuenta del PBI. Y además esta política ambiental mejoraría la calidad de vida y la salud de los más pobres entre los pobres de Uruguay, los pobres rurales, una de las banderas más queridas por el EP-FA.

Local/Global

No hay duda de que el efecto invernadero y el inevitable cambio climático son producto del desarrollo de los países más ricos. El “progreso” y el “desarrollo” de los países industrializados se hizo a costa de la destrucción del ambiente: por un lado el agotamiento y deterioro de los recursos naturales y por otro la contaminación de los ecosistemas, particularmente en este caso el sistema climático.

¿Quiénes van a sufrir los peores impactos del cambio climático global? Los más pobres de los países más pobres. Si bien el cambio climático va a tener repercusiones en todo el mundo, los países ricos tienen mayores recursos para hacer frente a las catástrofes que se esperan: pueden desalojar en poco tiempo toda una ciudad ante la amenaza de un ciclón, pueden diseñar sus sistemas de salud para adecuarse a las fatales enfermedades que se desparramarán por el mundo, pueden hacer diques de contención ante el aumento del nivel del mar, etcétera.

El impacto del cambio climático va a ser brutal para países como Bangladesh, que tendrá bajo agua la mitad de su territorio y deberá movilizar 15 millones de personas para que no se ahoguen. ¿Y cómo lo va hacer? ¿De dónde va a sacar recursos para ello?

Un política ambiental global va a mejorar mucho más la vida de los pobres que cualquier política que privilegie el “desarrollo” por sobre el “ambiente”. Uruguay tiene su silla en la Convención de Cambio Climático de las Naciones Unidas y el futuro ministro Arana tendrá que definir durante su mandato una estrategia nacional ante este órgano. Haría mucho más por mejorar la calidad de vida de los más humildes una posición nacional basada en la justicia ambiental global que una como la actual, que especula con cuántos créditos de carbono puede vender Uruguay en el mercado de emisiones. Esto no va a mejorar la situación de los pobres uruguayos, ni de ningún otro lugar del planeta.

Por estas razones la primera política social debe ser la protección del ambiente. Es lo único que puede disfrutarse -por ahora- sin dinero, y a lo que pobres y ricos tienen acceso por igual. Porque los más humildes son los más expuestos a la contaminación y los desastres ambientales. Y porque es la única política que puede asegurar un “crecimiento económico” absoluto. Sin descuentos.

 

G. Honty es sociólogo y Secretario Ejecutivo del Centro Uruguayo de Tecnologías Apropiadas (CEUTA). Publicado el 11 de enero de 2005. El artículo original fue publicado por el semanario Brecha (Montevideo). Se permite la reproducción siempre que se cite la fuente.

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